8.3.17

Dos pensamientos zumbadores en el día de la mujer (y un brindis)


1. Las “puteadas”

Se llaman así porque rodean la palabra “puta” y se usan para señalar lo bajo, lo sucio, lo podrido que puede llegar a ser alguien. ¿Qué decimos cuando gritamos “andate a la puta que te parió”? ¿Qué tiene que ver, hoy, mandar a alguien que actuó para la mierda, a la casa de su madre -que suponemos puta? ¿Si alguien es un sorete, la culpa es de la madre? ¿Y el padre de la bosta? ¿Por qué la figura del padre queda siempre afuera de los insultos? ¿Qué estoy diciendo cuando digo “hijo/a de puta”?
Tal vez llegó el tiempo de insultar con “soreteadas”, con “mierdadas”, con inmundicias. Tal vez, hoy, que nos une el grito de #Vivas nos queremos, es un buen momento para llenar de sentido la frase “sos una mierda” y todos sus derivados. ¿Por qué? Porque la mierda, el sorete, es eso que mi cuerpo, tu cuerpo, todos los cuerpos animales del mundo, desechamos porque no nos sirve, porque si aguantamos adentro eso que ya va de salida, nos intoxica; y si lo dejamos cerca, altera nuestros sentidos. No importa de qué familia provenga el o la sorete, o si ya dejó descendencia. Es un insulto que cuestiona la naturaleza de la persona que lastimó, humilló, violentó a otra. Insultamos su cerebro, que no es tal, que está hecho de guano, de bosta, de coprolitos, que es lo que, para mí, hay que insultar: el lugar donde sus pensamientos y actos se gestaron. Y es mejor, mucho mejor, que “sos la nada misma”, porque en la nada cabe el infinito; en cambio en la mierda, solo caben los desechos y los animales coprofágicos, que son quienes la devoran.



2. Las flores

Son los órganos sexuales de las plantas. La planta muestra y abre su sexo hacia arriba, lo llena de colores, quiere atraer insectos para que lleven su polen adherido a las patas o a otras partes de sus cuerpos hasta otro sexo. Son bellas y efímeras tanto si están en la planta como cortadas en un ramo. Las flores muertas se regalan en los nacimientos, en las citas románticas, en los homenajes y en los entierros.
Este último es el único lugar/espacio/evento en el que resultan genuinamente apropiadas. En arreglos delicados, complejos, las manos de los que saben trabajarlas combinan unas flores agónicas con otras que provienen de lugares quizás muy lejanos armando un concentrado de belleza que no se encuentra en la vida, sólo se encuentra en ese lapso de tiempo que no es vida ni muerte. Las mantienen apresadas y fragantes gracias a agua con hormonas o con estimulantes, pero aún así, el ciclo de la flor no puede ser alterado. Su brillo, su turgencia, su color, terminan siendo un artificio del artista con el poco tiempo que le da la flor antes de apagarse.
En los nacimientos, en las citas románticas, en los homenajes, tienen más sentido las plantas. En ellas está la promesa de una vida completa, de raíces que se asentarán, de brotes que crecerán y harán ramificaciones. También habrá, en la planta, como en las personas, instancias de florecer muchas veces, y posibilidades de dar frutos, semillas. También habrá, en la planta, como en las personas, momentos de quietud y de sequedad. Claro que con la planta, viene el compromiso de mantenerla viva, algo que no está presente cuando recibimos un ramo de flores. Ahí no hay más que ponerlas en agua y verlas decaer.




Hoy pienso en todas las mujeres que dejaron y dejan y dejarán huella en mí y brindo. 
Por ahondar aquellas relaciones que hacen bien, 
por arrancar de raíz las que hacen mal,
por comprometernos con nuestro deseo antes que con el deseo ajeno,
por sentir la tierra húmeda entre los dedos, 
por alejar la mierda de nuestras vidas, 
por respirar profundo y sin dolor, 
por la alegría que da compartir lo bueno,
por dejar salir el llanto que pincha,
por reír, aún en la oscuridad,
por sanar las heridas,
por las que ya no están y, especialmente,
por las que acaban de llegar.


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