24.3.17

Mi madre


En esta semana siempre reina, como astro, la mirada de mi padre y esa sonrisa.
Me gusta pensar que esa sonrisa era para mí sola, pero sé que no, sé que era también para quien estaba del otro lado, tomando la fotografía. 
El amor que sentía por mi madre era inmenso. 
Y dando cuenta de eso, este veinticuatro,
                                                       ella es mi sol.

Mi madre tenía 22 años cuando quedó “viuda”. No existe palabra para esa viudez nunca cuajada. En su magma emocional, recién pudo resolver esa viudez en 2011, cuando estuvo a solas con los huesitos de su compañero y primer marido. Y tenía 24 cuando nos secuestraron y la desaparecieron por un no-tiempo.
Este año, a los 63, mi madre dio testimonio en Comodoro Py por esos hechos.
Su voz tiene una resonancia que se siente muy cálida en los oídos. No lastima con tintes agudos inesperados, aunque a veces arremete cargando de fuerza alguna sílaba o alguna palabra que quiere destacar.
Es una voz que alerta, pero no altera.
Era tan claro el relato que cuando calló, le hicieron muchas preguntas. Su testimonio, además del último del día, fue muy largo. Preguntó, incluso, el defensor de sus torturadores. Pienso que cuando un relato aporta datos precisos pero, sobre todo, cuando un relato aporta silencios que significan, la pregunta que ahonda, escarba, busca, se presenta. Incluso aquella que provoca indignación. Ella respondió hasta que el juez dio por terminado el testimonio.

Nunca la había escuchado relatar los hechos vividos en ese sin-tiempo de su desaparición de modo cronológico e ininterrumpido. Cuando trabajé esos diálogos madre/hija en “El mar y la serpiente”, sus aportes estaban mechados por mil comentarios al margen que alivianaban los datos. Cuando dio su testimonio en el Juicio de Lesa Humanidad de Bahía Blanca, testimonié después de ella así que no pude escucharla.
Ojalá la justicia tuviera la lucidez del relato de mi madre.

Fue la primera vez que escuché sobre lo que le sucedía durante y después de cada sesión de tortura. Cómo la llenaba el dolor, cómo se sentía caer en la locura. Dijo "era el infierno del Dante". No fue escabrosa, fue recatada, incluso, pero cada vez que usó la palabra “interrogatorio” sonó con toda su capacidad de lastimar.
Cuando finalizó y cruzó la puerta de vidrio que nos separaba la abracé estrechamente, intentando que sintiera mi orgullo, mi admiración, mi compasión, mi comprensión, mi amor.

Al salir de Comodoro Py la llovizna fue un alivio para las dos. Hablamos de la lluvia, de que no teníamos paraguas, y, de pronto, cruzando una avenida, me percaté de que no había hablado de su boca. Se lo mencioné, “no dijiste nada de tus dientes”. Y ella me miró con asombro y dijo que era cierto, que se había olvidado, “qué significativo ¿no?”.
Le hicieron pedazos la dentadura. Y el dolor en la boca y en los recuerdos se multiplicó infinitas veces pues tuvo que hacerse muchos, muchísimos, tratamientos odontológicos. Al olvidar, protegió a todos de su dolor, uno que la mayoría de nosotros conocemos apenas superficialmente y que hubiera provocado en varios el gesto de taparse la boca con la mano.
Cuando suárez mason la soltó, lo que se veía era una mujer sin dientes de veinticuatro años. Pero la verdad es que, por más que la rompieron, jamás, jamás, jamás lograron que fuera una mujer sin mordida.
También por esa incisiva manera de estar en la vida, la amaba mi padre.
También por esa manera apasionada de morder el día a día, con ideas y gestos siempre sorprendentes, con un modo leonino de querernos, la amamos mi hermana y yo.




(Mi mamá es la artista plástica sonora visual Andrea Fasani y va a pasar el 24, el 25 y el 26 de marzo en el Museo de la Memoria de Rosario, acompañando su trabajo Treinta y haciendo una performance con sus compañeras Marcela Rapallo, Fabiana Galante y Claudia Toro, entre otras actividades. Si andan cerca, no se las pierdan).



8.3.17

Dos pensamientos zumbadores en el día de la mujer (y un brindis)


1. Las “puteadas”

Se llaman así porque rodean la palabra “puta” y se usan para señalar lo bajo, lo sucio, lo podrido que puede llegar a ser alguien. ¿Qué decimos cuando gritamos “andate a la puta que te parió”? ¿Qué tiene que ver, hoy, mandar a alguien que actuó para la mierda, a la casa de su madre -que suponemos puta? ¿Si alguien es un sorete, la culpa es de la madre? ¿Y el padre de la bosta? ¿Por qué la figura del padre queda siempre afuera de los insultos? ¿Qué estoy diciendo cuando digo “hijo/a de puta”?
Tal vez llegó el tiempo de insultar con “soreteadas”, con “mierdadas”, con inmundicias. Tal vez, hoy, que nos une el grito de #Vivas nos queremos, es un buen momento para llenar de sentido la frase “sos una mierda” y todos sus derivados. ¿Por qué? Porque la mierda, el sorete, es eso que mi cuerpo, tu cuerpo, todos los cuerpos animales del mundo, desechamos porque no nos sirve, porque si aguantamos adentro eso que ya va de salida, nos intoxica; y si lo dejamos cerca, altera nuestros sentidos. No importa de qué familia provenga el o la sorete, o si ya dejó descendencia. Es un insulto que cuestiona la naturaleza de la persona que lastimó, humilló, violentó a otra. Insultamos su cerebro, que no es tal, que está hecho de guano, de bosta, de coprolitos, que es lo que, para mí, hay que insultar: el lugar donde sus pensamientos y actos se gestaron. Y es mejor, mucho mejor, que “sos la nada misma”, porque en la nada cabe el infinito; en cambio en la mierda, solo caben los desechos y los animales coprofágicos, que son quienes la devoran.



2. Las flores

Son los órganos sexuales de las plantas. La planta muestra y abre su sexo hacia arriba, lo llena de colores, quiere atraer insectos para que lleven su polen adherido a las patas o a otras partes de sus cuerpos hasta otro sexo. Son bellas y efímeras tanto si están en la planta como cortadas en un ramo. Las flores muertas se regalan en los nacimientos, en las citas románticas, en los homenajes y en los entierros.
Este último es el único lugar/espacio/evento en el que resultan genuinamente apropiadas. En arreglos delicados, complejos, las manos de los que saben trabajarlas combinan unas flores agónicas con otras que provienen de lugares quizás muy lejanos armando un concentrado de belleza que no se encuentra en la vida, sólo se encuentra en ese lapso de tiempo que no es vida ni muerte. Las mantienen apresadas y fragantes gracias a agua con hormonas o con estimulantes, pero aún así, el ciclo de la flor no puede ser alterado. Su brillo, su turgencia, su color, terminan siendo un artificio del artista con el poco tiempo que le da la flor antes de apagarse.
En los nacimientos, en las citas románticas, en los homenajes, tienen más sentido las plantas. En ellas está la promesa de una vida completa, de raíces que se asentarán, de brotes que crecerán y harán ramificaciones. También habrá, en la planta, como en las personas, instancias de florecer muchas veces, y posibilidades de dar frutos, semillas. También habrá, en la planta, como en las personas, momentos de quietud y de sequedad. Claro que con la planta, viene el compromiso de mantenerla viva, algo que no está presente cuando recibimos un ramo de flores. Ahí no hay más que ponerlas en agua y verlas decaer.




Hoy pienso en todas las mujeres que dejaron y dejan y dejarán huella en mí y brindo. 
Por ahondar aquellas relaciones que hacen bien, 
por arrancar de raíz las que hacen mal,
por comprometernos con nuestro deseo antes que con el deseo ajeno,
por sentir la tierra húmeda entre los dedos, 
por alejar la mierda de nuestras vidas, 
por respirar profundo y sin dolor, 
por la alegría que da compartir lo bueno,
por dejar salir el llanto que pincha,
por reír, aún en la oscuridad,
por sanar las heridas,
por las que ya no están y, especialmente,
por las que acaban de llegar.