3.12.16

Cumplir años

Cumplir años es cuestión de tiempo. Sólo hay que esperar que la tierra de otra vuelta más alrededor del sol. Podemos esperar quietos o podemos esperar en movimiento. A mi me gusta mucho caminar.
Pero ¿cumplir años es eso? ¿solamente dar vueltas alrededor del sol? ¿Qué tiene de particularísimo dar vueltas alrededor del sol? ¿Cómo llego a sentir que es MI vuelta alrededor del sol? Cuarenta y cuatro vueltas... ¡maaamita!
El nacimiento, ese momento cero, marca un inicio posible. El primero de los años, tan intensísimo, lo vivimos siendo personas de cantidad cero. El cero lo contiene todo. Somos potencialmente todo metidos en el círculo del cero. Hasta que cumplimos uno, llegamos a uno, cruzamos el umbral del uno y lo metemos en nuestra bolsita de números. La primera sonrisa o piedrita o miga o flor o estrella o nana o mar o lo que sea.
Quizás cada número, cada año, podría quedar marcado por un símbolo -objeto, emoción-. Habrá años que será el mismo repetido, aunque creo que en mi caso serían todos diferentes. Algunos, objetos materiales; otros, de naturalezas variadas.
Quizás si vaciáramos nuestras bolsitas y viéramos hoy aquello que representa cada cumpleaños nos tentaría quitar de ahí símbolos que ya no comprendemos cómo pudimos meter. Y reemplazarlos por otros que la memoria se empeñó en sostener vivos. ¿Sería justo eso?
Creo que no. Creo que si en cada presente, cada cumpleaños estuvo marcado por cruzar un umbral con esa forma elegida, no hay que cambiarlo. Ahí está nuestro año, en los límites de ese símbolo, en sus redondeces, en sus aristas, en su textura, en su emocionalidad y en su pequeñez o enormidad.
Pienso en un ojo de muñeco de peluche, o en un chocolate negro que se puso blanco por la antigüedad. En una tristeza honda. En un boleto capicúa. En el turquesa inolvidable de un mar. Se me ocurre el pedazo de piel que se desprendió del ombligo de mis hijos; sí, asqueroso, pero qué momento ese en que ellos se separaron de mi cuerpo. Merecerían estar en mi bolsa de números. Pienso en una carta que me escribieron y no tuve nunca en mis manos pero que existió, que leí de otro modo. Eso también está ahí. Hay música. El primer álbum de Pearl Jam tiene un número, seguro. Y no es Ten, es diecinueve. Hay alegría y zapatos azules. Hay verde puro. La corteza del árbol más viejo que vi en mi vida tiene un número también. Quince es un frasco del perfume que usaba la mujer que admiraba por esos días. Veinticuatro es un termómetro de cero a cien grados. Treinta y tres tiene forma de supernova.
¿Y cuarenta y cuatro?
Viví mis cuarenta y cuatro, cada día del año que hoy se cumple, acariciando un caracol marino.
Ahí está, delante de mí, en mi escritorio. Lo encontré en la adolescencia en Mar del Tuyú, pero no se hizo símbolo hasta esta vuelta alrededor del sol que acaba de cumplirse. No sé si quiero meterlo en mi bolsa de números todavía. Es muy hermoso y aún no puedo separarme de él. Pero la tierra respeta su sino y gira. El tiempo indica que hoy cumplo años y un número más entra en mi bolsita, quiera o no.
Será caracol, sí. No puede ser otra cosa.
Y lo llevaré conmigo junto con el ojo del oso, junto con la tela amarilla, junto con mi música, junto con el diario de Anna, junto con la piedrita de cuarzo, junto con la trenza dorada que mi abuela guardó tantos años sólo para dármela antes de irse de aquí.




31.10.16

De mujeres

Hace diez años y dos días salí a cenar con mis amigos de toda la vida. Fuimos a un restaurante especializado en pescados y mariscos que está en el centro de Buenos Aires. Pedí salmón a la parrilla, a pesar de que uno de mis amigos me azuzaba diciéndome que el salmón adelantaba el parto.
(Ese es un detalle: hace diez años yo estaba cursando mis ochos meses y medio de embarazo.)
Yo le respondí que entonces me pedía dos, porque mi panza era tan fantásticamente redonda y gigante que ya daba impresión; parecía que en cualquier momento iba a desprenderse de mi cuerpo, como si fuera un líquido espeso. Y yo quería conocer a la ocupante del globo.
Ahí adentro, oronda y con sus ritmos definidos, estaba mi hija. Conectadas de un modo tan profundo que me alegraba cada día. Era un embarazo completamente diferente al anterior. Más molesto por las náuseas, quizás, pero tan, no sé... diría femenino, porque la intuí mujer muy pronto.
Mujer y desconfiada: la sentía moverse y moverse cuando estábamos solas, y prestar atención en quietud cuando alguien más estaba conmigo. Se pegaba a mi columna cuando alguien me tocaba la panza y se relajaba cuando llegábamos a casa.
Desde el quinto mes de embarazo hasta que largó la teta al año, se despertaba a las 3 y media de la madrugada para comer. Y yo también, para que ella comiera. (Es el día de hoy que cada tanto a esa hora me llama porque no puede volver a dormirse y tiene sed.)
Yo le cantaba, le leía, la arrullaba; ella me daba pataditas.

La cuestión, en síntesis, fue que el 30 de octubre, 10 años atrás, me convertí en madre de una mujer, que es muy diferente a ser madre de un hombre.
Ser madre de una mujer es otra historia.
Ella es mi compinche y es mi crítica más aguda. Me marca los errores de modo lapidario y sonríe con una luz única cuando me ve contenta. Me consuela y se preocupa por aliviarme la vida cuando me ve triste. Me hace chistes y me engaña. Se ríe de mí y se ríe conmigo. Me toma el tiempo que tardo en hacer cada cosa. Me recuerda mis promesas. No me deja pasar una. Me perdona cuando me equivoco y me pide perdón cuando se da cuenta de que se equivocó. Dice "ups" si la pescamos en una mentira y hace una sonrisita que nos desarma. Ella y yo nos enojamos profundamente, peleamos, nos fulminamos la una a la otra con nuestras miradas claras. Bailamos y me dice que no canto tan mal, después de todo. Desde que tengo más de cuarenta, soy vieja pero linda. Me detesta cuando me voy de viaje y me abraza más que nadie cuando regreso. Y yo caigo y caigo y caigo en sus encantos. Adoro el momento de las mañanas en que ella aparece, recién despierta. Tiene algo de mágico verla ensoñada. Fuera de casa, es tímida y calladita con los desconocidos; charleta y simpática con sus amigos. Dentro de casa es ella, intensamente ella.
Es dramática. Es rotunda. Es alucinante.

 Hace pocos días leí varios comentarios sobre la maternidad y la decisión de no ser madre. Es tan íntima como cualquier otra decisión que involucre el cuerpo.
 Tengo amigas muy queridas que no han querido ser madres y ese deseo es tan profundo y genuino como el mío de querer serlo. No entiendo los cuestionamientos que les hacen y tampoco entiendo que cuestionen el modo de ser madre que yo tengo. No hay que dar explicaciones de porqué se desea tal o cual cosa para el propio cuerpo ni porqué se procede en consecuencia. Porque a la maternidad hay que ponerle el cuerpo tanto como al embarazo. Hay que estar. Y ese estar no se acaba cuando la publicidad de la mamá perfecta se termina. Hay que estar aún en momentos en que una quisiera no estar, y las cosas no suele salir del modo que te dicen. Sale como todo, con errores. Eso, creo yo, es biología pura: somos seres imperfectos que parimos y críamos seres humanos, es decir, que no serán como soñamos. Serán, nomás; y bancar su ser es el desafío constante. Y una puede no querer pasar por todo esto. Y punto.
Leía esos comentarios y pensaba qué deseará mi hija cuando crezca. Y si seré capaz de acompañarla en lo que decida. Me encantaría decir que sí, que seguramente lo lograré. Que la libertad esto y lo otro, que la maternidad esto y lo otro, que blah y que blah. Pero no lo sé. Lo que probablemente haga, intuyo, es decirle que tiene que seguir su deseo. Y ponerle el cuerpo a la conversación o al silencio que nos salga.

Hoy tiene, recién, diez años. Y pasamos el día en un lugar que adora. Una quinta llena de verdes.
En un momento, ella y mi madre se apartaron del resto, decididas.
Vi que hacían barro y, con el barro, cuencos.
Me quedé mirándolas.
Verlas era ver el cuerpo del que salí y el cuerpo que hice crecer y nacer.
Verlas era sentir esa cadena invisible que plantea la genética.
Me sentí el puente necesario para que esas dos mujeres tan increíbles se conocieran.
Me sentí feliz de estar ahí, observándolas desde lejos.
10 años de madre y 43 de hija para ser testigo de ese momento de sol y de verdes y de abuela y nieta amasando esa tierra juntas.
10 años de madre de ella... mi mujer preferida.





19.10.16

No-vena / No-vela

 (una separación mínima dedicada a Germán Machado, que una vez me preguntó cuándo escribiría una historia con científicos. Aquí está, querido amigo. Se llama Lo que guarda un caracol.)

No-vena / no-vela

Sin venas
no se puede 
Sin velas
sí. Se puede
Escribir
Pero vivir
en no-velada
es un estado
que amo.
Esa zozobra.
El riesgo del naufragio.
Y también
esa luminosidad
que se des-entraña
que no se ve
ni se escucha.
Que se lleva puesta.
Que se juega piel adentro.

Mi  sentido preferido
siempre fue el tacto.
Dedo a dedo
cuento hasta nueve
(Aún mis novelas
entran en la cuenta
más pequeña)


Novena novela.

Precioso caracol.

Creí
que no podría
construirte. Creí
que ese mar
que suena en vos
no se me daría.
Pero sí. Sucedió.
Estás acá.
Tenés cuerpo
La música del silencio
siempre es otra
Lo que guarda


es la propia
marea




7.5.16

Dolor, doloris

 (Dolor, del latín dolere: sufrir, y en su origen, ser golpeado)

Hace un par de semanas decidí dejar las redes sociales por un tiempo. Un dolor punzante me cerraba el estómago cada vez que recorría los muros con las noticias recientes.
Si no era por las denuncias de una chica desaparecida o hallada muerta, era por las repercusiones de un anuncio político que me llevaba con la velocidad de la sangre a revivir una caminata que hicimos una noche por las cuadras de nuestro barrio, allá por diciembre de 2001.
Una caminata para menguar la angustia, para no sentirnos paralizados en la madrugada, esos impulsos que tiene el amor, de tomarse de la mano y salir a andar, a ver si la incertidumbre cede.
No tenía hijos en esos años. No sabía nada de lo que sufrió mi padre en su último día, ni siquiera tenía la ilusión de encontrar sus restos. No me animaba a largar el trabajo para escribir, dedicarme a esto era una utopía.
Desde diciembre pasado, algunos párrafos de los muros del Facebook me llenaron de mocos la nariz como el humo de las llantas quemándose aquella noche de 2001. Otros fueron ecos de los ecos de los sonidos de los sollozos y de los gritos que también escuchamos en aquella caminata.
Y lo escribo en pasado sólo porque ya no estoy leyéndolos a diario, pero con la certeza de que la indignación por un lado -y la indiferencia y la negación por otro- continúan y continuarán.  
Cambalache, ni más ni menos.
Me dije una tarde que tanto dolor me estaba debilitando y que tengo dos hijos que cuidar. Y también mi escritura es un brote que tengo que cuidar. Cuidar como se cuidan las plantas jóvenes de la escarcha. Hoy intento ser esa "capa impermeable" que mi abuela me enseñó a poner con cuidado, para abrigar sin ahogar, para proteger sin impedirles crecer. Una capa que impide que el frío entre de golpe y congele, pero que permite que la palabra circule, que el oxígeno llegue, que la vida siga encendida.

Hace un rato leí en Página/12 que otro eslabón más de la cadena de búsqueda de los nietos se está quebrando y entró el dolor en mí con la potencia de una trompada en la panza.
Leí que es una medida ordenada por la misma mujer que estuvo de acuerdo en que a nuestros viejos les rebajaran la jubilación, entre tantas medidas irrespetuosas por los derechos humanos que tomó durante su carrera política.
En los otros diarios ni mencionan su decisión de "desarticular" la dirección de derechos humanos del Ministerio de Seguridad.
Y entonces me vuelve a la memoria una escena vivida hace pocos años en un pueblo sojero de Santa Fe -Bigand, si la memoria no me falla- al que fuimos a presentar el libro "Quien soy" con Mario Méndez e Irene Singer, de la mano del sindicato de docentes de Casilda. Allí una profesora nos preguntó para qué le iba a servir a una persona de cuarenta años, con la vida hecha, con familia propia, saber su identidad biológica. Muchos adolescentes aplaudieron, no sé si apoyando lo dicho por su profe para complacerla o porque pensaban lo mismo. Yo intenté explicar el sentido que para mí tiene saber quien soy, pero sé que las palabras no significan igual para todas las personas. Sé que la escucha es subjetiva. Sé que escuchar al otro cuesta esfuerzo, y poca gente se toma con gusto ese esfuerzo.
No creo haber logrado nada en esos oídos que aplaudieron. Patricia Bullrich también debe pensar como esa oscura profesora. Y yo lo lamento tanto. Lo lamento tanto.
No solo lo lamento porque las Abuelas merecen encontrar a sus nietos para mimarlos y para entregarles sus recuerdos. No es solo porque de la impunidad no nace un crecimiento social, porque todos merecemos que la impunidad termine. Por supuesto que no lograr justicia duele.
Pero sobre todo lamento estas decisiones políticas por las personas a las que se les obstaculiza la posibilidad de dudar y de nadar contra corriente para hallar su calma, para resolver esas incertidumbres que les rondan siempre que se sientan a comer "en familia" y algo, allá lejitos, -apenas llama de vela en medio de un desierto a oscuras- les dice que no pertenecen a ese lugar. Por esas personas que tienen, sí, cuarenta años -o casi- y que tal vez tengan hijos que también merecen saber quiénes son, yo lamento profundamente lo que está pasando hoy.
Ojalá, aunque se esfuercen en romper la cadena que paso a paso Abuelas, Hijos y Familiares fuimos construyendo durante treinta y tres años de democracia, estos políticos no logren apagar esas preguntas.
Somos muchos los que queremos encontrarlos.
Somos muchos los que arrimaremos las emociones para que las dudas sigan encendiéndose, para que los encuentros no se apaguen nunca más.