10.8.15

Esto es lo que leí en el Archivo Provincial de la Memoria de Córdoba el 7 de agosto de 2015


Quiero hablar de la incertidumbre.
Lo incierto.
Lo que nadie puede asegurarnos. Lo que “no se sabe”.
Porque además de memoria siempreviva, marcas identitarias y necesidad de justicia, nuestra vida de familiares de desaparecidos queda marcada por la incertidumbre.
Todo aquel que ha sido herido emocionalmente en los primeros años de vida me entenderá perfectamente. Se les miente mucho a los niños. Se les oculta y no se les escucha. Aún con las mejores intenciones, cuando un adulto oculta la verdad, siembra en el niño una interrogación.
La pregunta va creciendo a modo de enredadera por el cuerpo. ¿Cuál pregunta? La que está detrás de todas, la que nos define, la que nos planta en la vida. Adherida a la piel, la incertidumbre se funde en la piel. Toma forma en las manos y en los ojos.
Tanta es la pregunta que no puede ser dicha. Habitamos nuestra profunda incertidumbre. No hablamos de ella. El silencio dice más.
Comenzamos a creernos historias que nos permiten rellenar “lo que no se sabe”. Esa ríspida blancura va llenándose de signos. ¿Cómo se fue? ¿Qué pensó en tal momento? ¿Qué le hicieron? ¿Y yo? ¿Qué hicieron conmigo? ¿Dónde quedé situada yo en el recuerdo?
Dice el protagonista de Clarice Lispector en Un soplo de vida: “para escribir tengo que colocarme en el vacío. Es en este vacío que existo intuitivamente. Pero es un vacío terriblemente peligroso: de él extraigo sangre. Soy un escritor que le tiene miedo a la trampa de las palabras: las palabras que digo esconden otras -¿cuáles? Quizás las diga. Escribir es una piedra lanzada en el pozo hondo.”
Si, me digo. Es en lo incierto cuando me siento más cerca de quien yo soy.
Somos cuando nos atrevemos a mirarnos en ese vacío.
Somos cuando hacemos aquello que tomó forma de piedra lanzada.
Somos plenamente esas pocas veces en que logramos mirar tan lejos y tan dentro de nosotros.
El resto del tiempo la memoria abriga, como una manta cosida entre tantas manos y tantas voces, un tejido de hilos rotos y anudados, cúmulo de arrullos, anécdotas, recuerdos vueltos a anudar tanto como haga falta para cubrir la piel que pregunta, el cuerpo asomado al vacío.
La memoria siempre está viva y tibia, los relatos abrazan y contienen, se trate de historias vividas, escuchadas, inventadas, observadas. En su refugio, en su sujetarnos, nos preparamos para cuando llegue otra vez el momento de lanzar la piedra al pozo.
Y esa piedra, ese escribir que intenta comprender y responder aquello que nos inquieta y perturba, no se siente mentira. De hecho, esa búsqueda vacilante es lo que le da sentido a todo lo que no encuentra sitio dentro de una.
Escribir (en mi caso es escribir, en otros será esculpir, componer, cocinar, pintar) permite hilar una cuerda que luego se sumará a lo recordado pero que, mientras es presente, nos permite sujetarnos a la palabra y asomarnos al vacío, ir descendiendo por ahí, vivir lo oscuro, lo monstruoso, lo salvaje, lo bello, lo indecible, y volver.
Termino con la palabra de Helene Cixous: “Escribir: para no dejarle el lugar al muerto, para hacer retroceder al olvido, para no dejarse sorprender jamás por el abismo. Para no resignarse ni consolarse nunca, para no volverse nunca hacia la pared en la cama y dormirse como si nada hubiera pasado.”

Córdoba. Entre dos océanos, cerca de mi corazón

Fui a Córdoba por primera vez unos días de verano, hace ya varios años, en 2006 o 2007, ya no me acuerdo bien, a compartir tiempo con mi amiga Laura, para conocernos más.
Años más tarde, con Laura de puente, conocí a otra mujer que hoy es imprescindible para mí: María Teresa Andruetto. Y no puedo no pensar en Sergio Aguirre, en Susana Allori, esos amigos tan queridos que me hacen reír como poca gente.
A partir de entonces, no dejo de pisar Córdoba todos los años. A veces una vez, a veces dos. Ver sus sierras y sus ríos se me hizo costumbre linda. Tan linda como ver los ojos pícaros de Laura chispear en nuestras conversaciones de horas, sentir los abrazos cálidos de la Tere y compartir madrugadas de charlas con ellas y con Sergio, con Susana, con la gente del CEDILIJ, con todos los amigos que voy haciendo en cada viaje.
Esta vez fue muy especial.
Viajé convocada por Ceci Malem, Silvia, Patri, Flor, Gloria -el equipo a pleno del Plan Nacional de Lectura en Córdoba-, para ser parte de un ciclo de Literatura y Memoria: una conversación a dúo con ella, la Tere. Y eso ya era algo que me llenaba de emoción. Pero mis últimos dos días fueron tanto más que esa emoción! porque tenía programados otros tres encuentros por el Plan y un almuerzo y una cena con amigas. Encuentros de mujeres, donde corren las confidencias y las lecturas.

Lo sucedido en las escuelas me lo guardo y lo atesoro. Los encuentros con lectores jóvenes siempre sorprenden (relatar estos me obligaría moralmente a relatar cada uno y prefiero no caer en esa demanda, no se ofendan). Lo pasamos muy pero muy bien.
Acá, con los chicos del IPEM Roma

Me conmovió profundamente la reunión en el ISFD Renee Trettel, desde el abrazo de bienvenida de la profe Paula Basel y los mates y las tortas, hasta los testimonios tan honestos de Pamela y de Natalia, dos estudiantes del profesorado, pasando por las opiniones y las preguntas de todas las personas presentes, que quedaron flotando al finalizar el encuentro. Me fui, diría, envalentonada, para encarar lo próximo convencida de que tengo que seguir mi intuición.

Acá estoy en el Instituto Superior de Formación Docente "Renee Trettel"

Al día siguiente, por la tarde/noche, llegó el encuentro en el Archivo Provincial de la Memoria. No lo conocía. Tuve en Roberto un guía de lujo, que me contó cómo fue que se construyó. Como cada vez, cada rostro me devuelve el rostro de mi papá y también el de mamá. Y me armo de una coraza para no quebrarme: me digo que estoy ahí, que ellos merecen mi alegría, mi respeto, mi búsqueda de la felicidad. La sorpresa fue que entre tanto rostro de padres y madres, en una pantalla me topé con la artista Natalia Colón hablando desde una pantalla. La noche anterior había pasado una cena hermosa con ella. Recordar lo compartido me dio empuje. Faltaba poco para la charla. Pero aún restaba saludar a Sonia Torres, mamá de Silvina Parodi, abuela de un nieto que nos falta a todos.
Ella llegó con un Sin rueditas en una bolsa transparente. No nos conocíamos. Yo la abracé como a cada Abuela, con admiración y timidez, con tanto para decir y la garganta tan cerrada, con una sonrisa, la más grande que tuve, para decirle gracias.
De la conversación en el ciclo me acuerdo poco, pero sé que aprendí mucho. La voz de Tere y su modo de contarnos la búsqueda de la voz narradora en su cuento del Quien soy, su lectura de los discursos que escucha, sus preguntas. ¡Es tan sólida y coherente en su pensamiento! Pero en algo no acordaba y le hice caso y se lo conté, se lo pregunté. Horas antes ella misma me había animado a dejar expresada mi postura como autora. Nunca me había atrevido, pero su generosidad abre puertas y ventanas, y escucharla es crecer.

 Acá estamos conversando como si no hubiera nadie más.

Al finalizar Sonia me pidió que le regalara el papel donde llevaba escrito lo que leí para abrir el encuentro. Me emocionó ese gesto y también que me pidiera que dedicara el Sin rueditas a su bisnieta. Pensé en los lazos que propician los libros y en los que generan los encuentros.
La felicidad apareció en los abrazos, en las sonrisas, en la vista de mi Mar al lado del Stéfano, de mi Chica al lado de Los manchados, en la presencia de mi amiga Laura dando cuerpo y mostrándome que todo lo que estaba pasando allí estaba pasando, en el profundo respeto por la palabra, por la escucha, por lo que sentimos y por lo que siente el otro, en la fuerza de Sonia, en su esperanza.

 Con todo el equipo del Plan y de Abuelas que hace posible el ciclo de Literatura y memoria


Para marcar mi rumbo próximo, las palabras del poeta cordobés Alexis Comamala:
                    Conseguir un mapa del aire
                    una malla indeleble
                    un compás de estrellas
                    una trama de arañas

                    zarpar con un viento que nos arrase