23.10.15

De plantas, bisabuela y flores

En la adolescencia descubrí que los ramos de flores me dan tristeza. Me encantan, en su estallido de colores, de formas, de aromas... pero me dan tristeza.

He cortado flores muchas veces. He recibido flores cortadas muchísimas más. Hay ramos de una sofisticación encantadora, de un salvajismo invitador, hay flores solitarias que quitan el aire de tan bellas, pero siempre, siempre, siempre, la visión de sus tallos cortados al bisel me hace sentir una punzada en el estómago. Quiero correr a mi casa a ponerlas en agua, como una enfermera que sabe que la paciente necesita una vía con suero azucarado ya mismo.
Lo disimulo muy bien cada vez que recibo un ramo de flores, porque sé del espíritu con que se regalan, sé del cariño, de las ganas de halagar, de festejar, me han dicho varias veces eso de una flor para otra flor y mi agradecimiento es genuino, pero detrás de la sonrisa que me nace, créanme que no la estoy pasando bien al demorar tanto en volver a casa y aliviar las flores que pusieron bajo mi tutela.

Vendrá de la infancia, digo yo, esa secuencia vivida como desgarradora, de tijeretazo, sangrado silencioso y separación de la planta. No sé. Es posible. Quizás tenga que ver con mi bisabuela.

Mis abuelos maternos tenían un pequeño jardín en la entrada de su casa. Allí mi abuelita Luisa criaba sus rosales, su santa rita, su jazmín, su dama de la noche, su margarita. Eran plantas siempre prolijas, podadas a tiempo, que lucían sus flores, que atraían insectos, que llenaban la esquina de perfume.
Mi bisabuela tenía manos verdes, voz terrosa y ojos duros. Su sangre era mitad mapuche, mitad española. En las tardes de verano en Bahía Blanca andaba con ella muchas horas del día, sobre todo cuando se iba a revisar las plantas. Ella me enseñó que las flores existen para que las plantas se reproduzcan en muchos lugares. Me convidaba perejil arrancado, picante y fresco como un desafío.

La abuela Luisa era silenciosa y rara vez sonreía, sin embargo se sentía muy claro que le gustaba que yo le anduviera alrededor como abeja en búsqueda de su dulzura escondida. Observar y aprender. Coser, amasar, hacer brotar plantas desde la semilla. Si me portaba bien, había un gran premio: quedarme en la cocina cuando se encerraba, para abrir con ella las puertas de las jaulas de sus pájaros, escucharla silbar a coro con ellos, ver cómo se le paraban en la cabeza y comían alpiste directo de la palma de sus manos.
Con un silbido único, les decía a sus pájaros después de un rato que era hora de volver a la jaula. Y ellos le obedecían. Nunca me quiso decir cómo había aprendido eso. Se llevó esa sabiduría, esos secretos que quién sabe qué significarían para ella.
En esos ratos de cantos compartidos con los pájaros, en la tibieza de la cocina, mi bisabuela rejuvenecía treinta años, cuarenta, y afloraban las historias de su infancia. Se daba pocas veces. Historias tesoro. Me siento privilegiada por haberla escuchado en esos momentos, por haberla disfrutado. Sus relatos eran como flores abriéndose sólo para mí.

Mi abuelita Luisa murió cuando yo era adolescente y descubrí que las flores cortadas me dan tristeza. Desde entonces, cada vez que una planta llega a mis manos siento que lo que hay de ella en mí, aflora.

Yo no tengo la voz terrosa, tampoco los ojos duros.
Pero me gusta creer que heredé, al menos en parte, sus manos verdes.




10.8.15

Esto es lo que leí en el Archivo Provincial de la Memoria de Córdoba el 7 de agosto de 2015


Quiero hablar de la incertidumbre.
Lo incierto.
Lo que nadie puede asegurarnos. Lo que “no se sabe”.
Porque además de memoria siempreviva, marcas identitarias y necesidad de justicia, nuestra vida de familiares de desaparecidos queda marcada por la incertidumbre.
Todo aquel que ha sido herido emocionalmente en los primeros años de vida me entenderá perfectamente. Se les miente mucho a los niños. Se les oculta y no se les escucha. Aún con las mejores intenciones, cuando un adulto oculta la verdad, siembra en el niño una interrogación.
La pregunta va creciendo a modo de enredadera por el cuerpo. ¿Cuál pregunta? La que está detrás de todas, la que nos define, la que nos planta en la vida. Adherida a la piel, la incertidumbre se funde en la piel. Toma forma en las manos y en los ojos.
Tanta es la pregunta que no puede ser dicha. Habitamos nuestra profunda incertidumbre. No hablamos de ella. El silencio dice más.
Comenzamos a creernos historias que nos permiten rellenar “lo que no se sabe”. Esa ríspida blancura va llenándose de signos. ¿Cómo se fue? ¿Qué pensó en tal momento? ¿Qué le hicieron? ¿Y yo? ¿Qué hicieron conmigo? ¿Dónde quedé situada yo en el recuerdo?
Dice el protagonista de Clarice Lispector en Un soplo de vida: “para escribir tengo que colocarme en el vacío. Es en este vacío que existo intuitivamente. Pero es un vacío terriblemente peligroso: de él extraigo sangre. Soy un escritor que le tiene miedo a la trampa de las palabras: las palabras que digo esconden otras -¿cuáles? Quizás las diga. Escribir es una piedra lanzada en el pozo hondo.”
Si, me digo. Es en lo incierto cuando me siento más cerca de quien yo soy.
Somos cuando nos atrevemos a mirarnos en ese vacío.
Somos cuando hacemos aquello que tomó forma de piedra lanzada.
Somos plenamente esas pocas veces en que logramos mirar tan lejos y tan dentro de nosotros.
El resto del tiempo la memoria abriga, como una manta cosida entre tantas manos y tantas voces, un tejido de hilos rotos y anudados, cúmulo de arrullos, anécdotas, recuerdos vueltos a anudar tanto como haga falta para cubrir la piel que pregunta, el cuerpo asomado al vacío.
La memoria siempre está viva y tibia, los relatos abrazan y contienen, se trate de historias vividas, escuchadas, inventadas, observadas. En su refugio, en su sujetarnos, nos preparamos para cuando llegue otra vez el momento de lanzar la piedra al pozo.
Y esa piedra, ese escribir que intenta comprender y responder aquello que nos inquieta y perturba, no se siente mentira. De hecho, esa búsqueda vacilante es lo que le da sentido a todo lo que no encuentra sitio dentro de una.
Escribir (en mi caso es escribir, en otros será esculpir, componer, cocinar, pintar) permite hilar una cuerda que luego se sumará a lo recordado pero que, mientras es presente, nos permite sujetarnos a la palabra y asomarnos al vacío, ir descendiendo por ahí, vivir lo oscuro, lo monstruoso, lo salvaje, lo bello, lo indecible, y volver.
Termino con la palabra de Helene Cixous: “Escribir: para no dejarle el lugar al muerto, para hacer retroceder al olvido, para no dejarse sorprender jamás por el abismo. Para no resignarse ni consolarse nunca, para no volverse nunca hacia la pared en la cama y dormirse como si nada hubiera pasado.”

Córdoba. Entre dos océanos, cerca de mi corazón

Fui a Córdoba por primera vez unos días de verano, hace ya varios años, en 2006 o 2007, ya no me acuerdo bien, a compartir tiempo con mi amiga Laura, para conocernos más.
Años más tarde, con Laura de puente, conocí a otra mujer que hoy es imprescindible para mí: María Teresa Andruetto. Y no puedo no pensar en Sergio Aguirre, en Susana Allori, esos amigos tan queridos que me hacen reír como poca gente.
A partir de entonces, no dejo de pisar Córdoba todos los años. A veces una vez, a veces dos. Ver sus sierras y sus ríos se me hizo costumbre linda. Tan linda como ver los ojos pícaros de Laura chispear en nuestras conversaciones de horas, sentir los abrazos cálidos de la Tere y compartir madrugadas de charlas con ellas y con Sergio, con Susana, con la gente del CEDILIJ, con todos los amigos que voy haciendo en cada viaje.
Esta vez fue muy especial.
Viajé convocada por Ceci Malem, Silvia, Patri, Flor, Gloria -el equipo a pleno del Plan Nacional de Lectura en Córdoba-, para ser parte de un ciclo de Literatura y Memoria: una conversación a dúo con ella, la Tere. Y eso ya era algo que me llenaba de emoción. Pero mis últimos dos días fueron tanto más que esa emoción! porque tenía programados otros tres encuentros por el Plan y un almuerzo y una cena con amigas. Encuentros de mujeres, donde corren las confidencias y las lecturas.

Lo sucedido en las escuelas me lo guardo y lo atesoro. Los encuentros con lectores jóvenes siempre sorprenden (relatar estos me obligaría moralmente a relatar cada uno y prefiero no caer en esa demanda, no se ofendan). Lo pasamos muy pero muy bien.
Acá, con los chicos del IPEM Roma

Me conmovió profundamente la reunión en el ISFD Renee Trettel, desde el abrazo de bienvenida de la profe Paula Basel y los mates y las tortas, hasta los testimonios tan honestos de Pamela y de Natalia, dos estudiantes del profesorado, pasando por las opiniones y las preguntas de todas las personas presentes, que quedaron flotando al finalizar el encuentro. Me fui, diría, envalentonada, para encarar lo próximo convencida de que tengo que seguir mi intuición.

Acá estoy en el Instituto Superior de Formación Docente "Renee Trettel"

Al día siguiente, por la tarde/noche, llegó el encuentro en el Archivo Provincial de la Memoria. No lo conocía. Tuve en Roberto un guía de lujo, que me contó cómo fue que se construyó. Como cada vez, cada rostro me devuelve el rostro de mi papá y también el de mamá. Y me armo de una coraza para no quebrarme: me digo que estoy ahí, que ellos merecen mi alegría, mi respeto, mi búsqueda de la felicidad. La sorpresa fue que entre tanto rostro de padres y madres, en una pantalla me topé con la artista Natalia Colón hablando desde una pantalla. La noche anterior había pasado una cena hermosa con ella. Recordar lo compartido me dio empuje. Faltaba poco para la charla. Pero aún restaba saludar a Sonia Torres, mamá de Silvina Parodi, abuela de un nieto que nos falta a todos.
Ella llegó con un Sin rueditas en una bolsa transparente. No nos conocíamos. Yo la abracé como a cada Abuela, con admiración y timidez, con tanto para decir y la garganta tan cerrada, con una sonrisa, la más grande que tuve, para decirle gracias.
De la conversación en el ciclo me acuerdo poco, pero sé que aprendí mucho. La voz de Tere y su modo de contarnos la búsqueda de la voz narradora en su cuento del Quien soy, su lectura de los discursos que escucha, sus preguntas. ¡Es tan sólida y coherente en su pensamiento! Pero en algo no acordaba y le hice caso y se lo conté, se lo pregunté. Horas antes ella misma me había animado a dejar expresada mi postura como autora. Nunca me había atrevido, pero su generosidad abre puertas y ventanas, y escucharla es crecer.

 Acá estamos conversando como si no hubiera nadie más.

Al finalizar Sonia me pidió que le regalara el papel donde llevaba escrito lo que leí para abrir el encuentro. Me emocionó ese gesto y también que me pidiera que dedicara el Sin rueditas a su bisnieta. Pensé en los lazos que propician los libros y en los que generan los encuentros.
La felicidad apareció en los abrazos, en las sonrisas, en la vista de mi Mar al lado del Stéfano, de mi Chica al lado de Los manchados, en la presencia de mi amiga Laura dando cuerpo y mostrándome que todo lo que estaba pasando allí estaba pasando, en el profundo respeto por la palabra, por la escucha, por lo que sentimos y por lo que siente el otro, en la fuerza de Sonia, en su esperanza.

 Con todo el equipo del Plan y de Abuelas que hace posible el ciclo de Literatura y memoria


Para marcar mi rumbo próximo, las palabras del poeta cordobés Alexis Comamala:
                    Conseguir un mapa del aire
                    una malla indeleble
                    un compás de estrellas
                    una trama de arañas

                    zarpar con un viento que nos arrase


11.7.15

La felicidad (ja jaja ja). Revisando mi propio pensamiento



“Un buen día una se despierta y estrena algunas preguntas:
¿Cuál es la palabra propia? ¿La que digo para mí o la que tengo
que decir para algunos interlocutores? ¿Tengo, tenemos, dobles discursos?”
Laura Devetach
Oficio de palabrera

En una entrevista que respondí hace pocos días a la periodista Karina Micheletto, a raíz de mi novela La chica pájaro, terminaba haciendo una reflexión sobre lo que entiendo, lo que voy descubriendo, acerca de la felicidad. Ahí dije:
“Creo que la palabra “felicidad” tiene una carga de imposibilidad muy fuerte en la sociedad actual, particularmente para las mujeres. Y me parece que hay que animarse a sentir lo simple como felicidad. Porque la definición se refiere a la satisfacción plena, ¿y qué significa “satisfacción plena” en cada circunstancia? ¿Puedo sentirme plenamente satisfecha cargando esta historia que me tocó, sabiendo que por delante tengo muchos momentos oscuros por atravesar? Y... es muy subjetivo. Yo pienso que sí. Quise que la novela terminara con Mara sintiendo eso que para mí es felicidad: una “satisfacción plena” menos ambiciosa, menos rutilante. Pero igual de valiosa.

Las entrevistas son difíciles de responder para mí. No logro relajarme ni aunque sean por mail (mucho menos si son “en vivo”, con un aparatito entre quien me entrevista y yo). Cuando leo mis respuestas siento que cargan una rigurosidad que no muestra cómo pienso yo las cosas, siempre más en acuarela que en marcador color. Por cada respuesta tengo, luego, en los días posteriores, muchos otros pensamientos que logran acercarse más a lo que siento, que se acercan mejor al punto al que quiero llegar, capas acuosas que van aportando color, textura, definición. Por eso, aprovecho este espacio para retomar lo dicho y revisarlo y decirlo de otro modo.

Entonces, "la felicidad", ¿qué es eso? Ahí voy.

En su libro de crónicas Revelación de un mundo, Clarice Lispector se pregunta:
¿Y qué hago? ¿Qué hago con la felicidad? ¿Qué hago con esta paz extraña y aguda, que ya está empezando a dolerme como una angustia, como un gran silencio? ¿A quién le doy mi felicidad, que ya está empezando a lastimarme un poco y me asusta?”.
Y en otro lugar del mismo libro se responde:
El estado de gracia es como si viniera tan sólo para que se sepa que realmente se existe. En ese estado, además de la tranquila felicidad que irradia de personas y cosas, hay una lucidez que sólo puedo llamar leve, porque en la gracia todo es tan, tan leve. Es la lucidez de quien no adivina más: sin esfuerzo, sabe. Solo eso: sabe. No pregunten qué, porque solo puedo responder del mismo modo infantil: sin esfuerzo, se sabe”.
Me gusta mucho esto del "estado de gracia". Coincido con que lleva a un pensar simple que solo se logra en lo profundo, en la infancia.
Mientras escribía Una casa de secretos pensé mucho en qué felicidad podía sentir Odile, qué felicidad podía sentir Charlotte, cuánto de eso estaba volcado dentro de la casita de muñecas, dentro del arte que esa casita representa, escondido ahí porque no podía ser "mostrado en sociedad". También lo pensé mientras escribía los cuentos Manuel no es Superman y Justicia. ¿Qué significa “ser feliz” cuando se ha sufrido tanta violencia? 
Fue una pregunta central al componer La chica pájaro.
La felicidad/La violencia. Ahí me metí. En medio de ese dúo peligroso.
La pregunta sobre la definición de felicidad se hizo presente muchas veces: ¿qué entendemos por “satisfacción plena”?, ¿cuánto de la satisfacción plena tiene que ver con el reconocimiento del otro, con complacer a otro?
Creo que la felicidad que intentan -y en muchos momentos de la vida, logran- instalar desde el mainstream es una construcción ficcional que lentamente -a fuerza de mareas de smiles, letras de canciones y sonrisas de dientes perlados- va alejándonos de quienes somos pues nos confunde, nos marea, nos inunda con ajenidades que nos llevan a desear ser quien nunca llegaremos a ser. Conflictuándonos con nuestro aspecto exterior y también con nuestras reacciones, elecciones y conductas. ¿Me tiene que gustar cocinar? ¿Siempre tengo que ser simpática? ¿Me tiene que gustar la lencería con encajes? ¿Mi felicidad tiene que adaptarse a la foto de una persona que salta con los brazos abiertos en un campo de margaritas o en un atardecer playero?
Y así, buscar ser feliz muta a intentar ser como un otro -gigante, colectivo, monstruoso- quiere que sea, a lograr el reconocimiento de ese otro, de esos otros. La felicidad ya no pasa por descubrir quien esencialmente soy, quien estoy siendo, quien quiero ser.
Y qué difícil enunciar eso porque ¿alguna vez llegamos a saber quiénes somos? ¿somos de una única manera todos los días? ¿cuánto peso tiene el otro en quien yo soy y en quien yo deseo ser? Uff. Tanto para pensar...

Soy muy consciente de que en la infancia hay poco sobre lo que se puede decidir. Sobre lo importante deciden otros: deciden los adultos. Adultos que muchas veces arrastran a sus niños a realidades horribles. Adultos que quizás son padres por mandato social y no quieren asumirlo. Adultos que ponen a los niños en sitios de decisión que son un espanto, por egoísmo, por miedo, por indiferencia, por perversidad, por lo que sea. Y sin embargo en la infancia encontramos espacios de libertad interior en los cuales se logra ser intensamente feliz. Lugares que son la solución del laberinto, de uno que tiene varias maneras de resolverse. Lugares donde se es quien una quiere ser y nadie nadie nadie puede entrar y ponerse a juzgar y opinar.   (Al crecer a veces sucede que nos encontramos con alguien especial, tan especial que nos atrevemos a confiarle algún lugar de estos. Y qué alegría da cuando esa persona querida, deseada, comprende. Y qué desconcierto cuando no lo aprecia, que sensación profunda de equivocación.)

En concreto, cuando en la entrevista dije “volver a animarse a sentir lo simple como felicidad” me refería a que en esta sociedad pareciera que solo alcanzás la felicidad cuando sos como los otros quieren, cuando logras eso. Y yo creo que en verdad se llega a esos momentos plenos cuando te acercás a quien vos sos, cuando lográs recuperar la costumbre de visitar esos lugares interiores de libertad que son tan particulares como intransferibles. Me parece que te acercás cuando revisitás “la historia que te tocó”, te preguntás acerca de ella y encontrás que aún en esos tiempos hubo momentos en los que te sentiste bien. ¿Cuáles fueron esos momentos? Ya en esa respuesta habrá detalles que te acercarán a vos. Detalles que importan y que hay que observar para avanzar por las calles angostas del laberinto.
Me parece, y esto es tan subjetivo que cuesta escribirlo pues se lee como certeza cuando es pregunta disfrazada de respuesta, que acercarse a quien una desea ser empieza siempre por algo muy íntimo/simple/cercano/posible, que conduce a lugares tan inciertos como reveladores.
Yo quise que La chica pájaro terminara con Mara en ese camino, el de sentirse satisfecha consigo misma y poder disfrutarlo, haciendo algo tan cotidiano -pero de un modo esencialmente distinto- como mirar su propio rostro en una foto.



27.2.15

Todo me importa un gato. Gollum 1999-2015

Nunca me rasguñó un libro.
Nunca marcó territorio en mis bibliotecas.
Se sentaba sobre las hojas impresas de mis cosas cuando corregía y también sobre mis cuadernos si estaba escribiendo a mano.
Pero no sobre los libros.
Diferenciaba el leer del escribir en lo que a mis señales corporales refería.
Leer y escribir son actividades diferentes, también para un gato.
Ver películas era una gran oportunidad de caricias. 100% de chances de mimos.
Rompió pocas plantas pero tenía debilidad por algunas y había que chistarle para que se alejara de ellas, masticaba yuyos.
Gollum fue el más longevo de mis gatos.
Llegó a nosotros con sus treinta días, su maullido conmovedor de cachorro y sus garras de aguja. Cada vez que pudimos, dormimos juntos la siesta.
Nos bancó todo. Viajes, hijos, mudanzas, sillones retapizados, albañiles, cumpleaños, manías, hasta gatita que vivió poco nos bancó.
Ayer, quince años y medio después de su llegada, decidimos sacrificarlo porque desde los últimos días del año pasado se le iba paralizando el cuerpo. Algo neurológico, algo de la vejez de los gatos.
No nos recibió su maullido cuando entramos y fue tan raro. Traíamos su cuerpo en los brazos y aún así ambos esperamos el saludo.
Es que siempre saludaba al escuchar la llave. De joven se iba hasta la puerta cuando Lolo o yo llegábamos. Y ahí nos maullaba su hola.
Era un gato arisco. Sólo Lolo y yo lo podíamos acariciar, aupar, mimar. A todos los demás los agreteaba, fuera adulto o niño. Cuando llegó el primer bebé lo pusimos desnudo a su altura para que lo oliera y se diera cuenta que era nuestro. Igual lo marcó un día, cuando el bebé se le acercó a toda velocidad gateando. Gato y bebé se asustaron. Gato rasguñó, bebé aulló. Con la segunda hicimos lo mismo y ya no la marcó. Pero estaba claro quien era el mayor en la casa.
No sabemos bien cómo es vivir juntos sin un gato.
Y sabemos que no podremos tener otra mascota por un buen tiempo porque Gollum necesita ocupar su lugar de recuerdo en nosotros. Ni los chicos pidieron que viniera un cachorro.
Anoche esperaba escuchar el sonido del alimento cayendo en su plato, una tarea que Lolo hace desde siempre antes de apagar la luz para irse a dormir.
Hoy me levanté y nadie maulló. Los cuatro nos levantamos más temprano. Ninguno dijo nada y sin embargo.
Cuando enterramos a la Mimi Lolo hizo el pozo y yo miré. Pusimos una planta. Fue en lo de mis suegros.
Ayer el pozo lo hicimos juntos. En casa. Yo puse el cuerpo enroscado y suave de Gollum en el fondo. Lo cubrimos de tierra, de mucha tierra porque el pozo era profundo, y esa visión de las cuatro manos entrando y saliendo de la tierra, borrosa por los ojos mojados, me hizo pensar en cuántas formas tiene el amor.

13.1.15

Ser madre - Once años


El trece de enero de 2004, al promediar la tarde de un día de mucho calor, comencé a sentir las contracciones que anunciaban la llegada de mi hijo. Él llegaba puntual a su cita con el mundo, la fecha probable de parto era, justamente, trece de enero.
Nació antes de la medianoche, hicimos un gran trabajo en equipo. Cuando me lo colocaron en el pecho, levantó su cabecita de tortuga, me miró con los ojos bien abiertos y luego, los cerró.
Sus primeros dos días de vida los vivió con los ojos cerrados. Cagó, meó, mamó, respiró, durmió, se movió, escuchó, lloró, gritó, hizo muecas para fotos, con los ojos cerrados. La única cara que tuvo en su memoria en esos dos días fue la mía.
Ser madre, en mi caso, comienza así.

O no. Comienza antes, cuando me lo pregunté seriamente: ¿quiero tener hijos? ¿una familia que se inicie en mí? ¿dejar de ser dueña única de mi tiempo y que haya infinitas intersecciones con los tiempos de mis hijos? ¿Quiero esa angustia y esa felicidad? ¿Saber cómo son? ¿Vivirlas para siempre?
Quise.

La maternidad es el rol más difícil de los que me tocan vivir. La que más me cuesta. No me sale naturalmente porque la clase de naturalidad que la sociedad exige a las madres es artificial. Responde a modelos utópicos. Intenté seguirlos pero no me hizo bien. Hoy soy la mamá que puedo.
Mis hijos me han visto llorar muchas veces porque no sé qué hacer, cómo hacer, cuándo dejar de hacer. También me vieron festejar sus ocurrencias y las mías. Jugamos y leemos. Pintamos y bailamos. Nos peleamos. Nos detestamos. Hay muchas horas en las que nos dejamos en paz. Porque ellos no me necesitan y yo a ellos tampoco.
En el día de la madre me regalaron dibujos en los que estoy escribiendo. Sola. Con una sonrisa.
Saben que me comparten.


 A veces puse límites y no había que ponerlos. Otras veces los dejé hacer y no había que dejar hacer. A veces cenamos un postre. No se levantan temprano ni se bañan todos los días. Me obsesiona que se laven bien los dientes. Leen hasta la madrugada. Nos sale hacer todo al revés que otras familias. Me amargo muchísimo porque la escuela no les gusta. Si los veo mal por algo o se enferman, hasta que no sé qué está pasando no puedo pensar en otra cosa. Y hay muchos días en que yo estoy metida en mis libros y me excuso porque no puedo maternar otra cosa que a mis historias.

Mi hijo anoche, cuando pasadas las doce le dimos su regalo, se quedó serio. Siguió serio. A la media hora le pregunté qué le pasaba. Me miró de un modo que me recordó nuestra primera mirada, aquella del trece de enero de hace once años. Y me dijo "es que estoy emocionado. No sé. Es que me gusta ser yo".

Y me desperté con la pregunta: ¿Me gusta ser yo? ¿Puedo emocionarme en mi cumple de once años de maternidad por ser quien soy? ¿Festejar lo que soy hoy? ¿La madre que me encuentra hoy en la lluvia de mi ciudad?
 
La maternidad me deja exhausta. Y también pipona.
Es una linda sensación de calma ahora, mediodía, con los chicos aún dormidos, para disfrutar con un par de mates. Especialmente porque sé que dentro de un rato me agarrarán los nervios de los preparativos para la cena de cumple y, por un buen par de horas, estaré a las puteadas.