15.10.12

Lo que leí en el 3er Congreso Internacional de Literatura para niños organizado por Editorial La Bohemia

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Alrededor del verbo “reparar”

Me cuestiono sobre el uso del verbo “reparar”.
Es una palabra que se me presenta extranjera, no forma parte de mi lenguaje. Quizás porque en casa resuena desde el televisor en la serie Manny a la obra que transmite Disney Channel. O tal vez porque la escucho desde los medios periodísticos, que la toman, a su vez, del lenguaje jurídico. También he observado cómo se usa este verbo en torno a lo literario y escuchado de la boca de algunos lectores que mis libros resultaron reparadores.
Para este Congreso me preguntaron qué me parecía hablar sobre lo reparatorio, reflexionar en torno a eso. La propuesta me resultó interesante porque hay algo en el uso del verbo “reparar” que desafina en mí. Es una nota discordante que me desafía desde su sonoridad. Reparar... Del latín, reparare. Suelta, me gusta como suena esa palabra. Pero no sé bien qué significa, si “esconde” algo.
Tomo mi diccionario preferido, el María Moliner, y comienzo a nadar territorio adentro. Hacia donde paladeo las palabras como helados. Encuentro “reparar” y nueve usos para el verbo.

Primera acepción:
Reparar: dejar en buen estado un objeto que estaba roto o deteriorado. Componer, arreglar. Subacepción: se dice también 'reparar las fuerzas, las energías, etc.'
Pienso en objetos culturales. Se deterioran, sí; los arreglamos. Esta primera acepción refiere a la física, a lo material. Aún cuando admite la fuerza, la energía. Reparamos el mundo físico. Nuestros libros. La biblioteca. La mochila. La computadora donde escribimos. Reparamos asientos, reparamos camas. Pienso que “reparar” invita a leer confortablemente. Invita a que las cosas estén en buen estado. Es un verbo positivo, que parece decirnos, como las herramientas de Manny a la obra, que sí, podemos reparar eso que está roto.
En esta primera acepción, reparar se queda en la superficie y me preocupa un poco cuando intento asociarla a la escritura, a la lectura. Reparar puede implicar acciones como tapar, cubrir, remediar. Eso no me lleva hacia donde quiero ir. No me interesa escribir para tapar, para arreglar. Me interesa escribir para cavar, para romper, agrietar, agotar las fuerzas. Literatura como pala de punta, no como pala de albañil.

Segunda acepción:
Reparar: retocar la obra para quitarle los defectos que saca del molde.
Muchas veces ayude a mi madre a desmoldar piezas cerámicas. La forma se desprende del yeso con un golpe seco, se toma, se observa y allí donde ha quedado una rebarba, se frota sin miedo pero con cuidado una esponjita suave para eliminarla. Esas rebarbas que se quitan hacen que la forma desmoldada sea muy similar a la que ya hemos desmoldado y a la que desmoldaremos a continuación. La originalidad aquí está en la forma y, si lo deseamos, en cómo la decoraremos cuando esté lista.
¿Qué pasa si esa rebarba le da una belleza, una aspereza particular y única a la forma? ¿Se repara? ¿Dejamos pasar ese instante en que vimos que la rebarba agregaba un plus en pro de conservar la forma? ¿Qué nos pasa como lectores, como consumidores, cuando somos cómplices y notamos que el autor ha cometido la osadía, la subversión. de mantener una rebarba, a veces escondida entre el color y la textura de la forma, a veces exaltada, destacada, como marca de un estilo?

Tercera acepción:
Reparar: compensar o remediar una falta cometida o un daño causado. Descargar la conciencia.
El equipo de salud mental del CELS (Centro de Estudios Legales y Sociales) aborda en un artículo el concepto de “reparación simbólica” (acuñado por la psicoanalista Melanie Klein). Sé de qué se trata, lo he vivido, pero allí confirmo que, desde el ámbito de la Justicia, al daño le sigue la acción reparatoria. Dicen:
“ La reparación es simbólica porque pretende una compensación que siempre es un desplazamiento desde el daño real hacia un acto de justicia. (…) En ese sentido, la reparación simbólica es polisémica, y esta abierta a la significación -diversa en cada caso- que de ella haga la víctima que la recibe.(...) La reparación -como operación psíquica- no es un acto que produce el culpable respondiendo al requerimiento de la justicia, sino que dependerá de la forma de metabolización que la víctima pueda realizar respecto de ese acto reparatorio.”
Vuelvo a lo que se desencadena en uno ante el hecho literario. Lo que la lectura deja sembrado en cada lector puede dañar, puede abrir heridas causadas por otros, puede limpiar esas heridas o infectarlas aún más, puede tener el efecto primero doloroso y luego sanador del alcohol vertido sobre el tajo. La escritura, bajo esta acepción de reparar, puede provocar una catarata de efectos hasta llegar a la médula y tocarla de tal modo que nunca más sentiremos lo mismo luego de haber ido hasta allí. Por otro lado, la interpretación personal de lo leído puede ser el puente que nos lleve hasta ese lugar interior y nos devuelva la sangre fresca, el dolor punzante, la emoción primera. La lectura puede ser la herramienta con que la víctima se acerque al acto de reparación. Pero yo creo, interpreto aquí, que ni la escritura por sí sola ni la lectura reparan per se. Tiene que suceder ese “algo” en nosotros, abrirse ese camino simbólico luego de leer. ¿Es posible hacer consciente este proceso? No estoy segura. Yo sé que hay escrituras que me llevan por esa huella. Lo sé porque ya lo he experimentado; pero ¿volverá a suceder ante un nuevo libro de ese mismo autor? Puedo intentar reproducir la experiencia, leer acercando la nariz, buscando el rastro de ese “algo” que quiero volver a sentir. ¿Sucederá igual, parecido, distinto pero con el mismo grado de intensidad? No lo sé.


Cuarta acepción:
Reparar: oponer una defensa contra un golpe o un peligro.
Aquí el verbo llama a protegerse. ¿De qué clase es el peligro? ¿Cómo preparamos la defensa ante un posible golpe dado por un poema, por un párrafo, por una frase?
Imagino una selva y allí, una obra literaria como un animal salvaje. ¿Pero cuál? Pensemos en una pantera negra o en un tigre, solitaria, de límites inciertos, sinuosos, que puede estar más lejos o más cerca, que puede ronronear, que suspende sus orejas ante los murmullos, que sorprende, intempestiva, que seduce y estremece. ¿Sinceramente? De esta pantera no me puedo reparar. Me tiene cautiva e hipnotizada. Su mirada me impide calcular certeramente las distancias. Irremediable llegará el daño y, en todo caso, acudiré a la anterior acepción del verbo reparar para curar la herida. Doy ejemplos que es posible que a ustedes no los sensibilicen pues tienen que ver con lo que me sucedió a mí al leer, lo que desencadenaron en mí.
Un zarpazo reciente desde los versos intermedios de Grafito, un poema de Claudia Masin que me asalta leído por su autora en el Foro de la Fundación Giardinelli, hace un par de meses:
“La escritura de la canción de la madre demora
el final de la canción misma. Las palabras
existirán para crear esa demora, un instante
suspendido entre la voz y el silencio.”
Otro zarpazo del año '92, que ya es línea blanca que sólo ven los íntimos cuando se broncea mi piel. Lo hizo una frase de El palacio de la luna, de Paul Auster, la subrayé, igual que muchas otras de esa novela, a mis 20 años y si hago memoria, aún puedo entender porqué me dejó marca:
“(...) Procuró olvidar las reglas que había aprendido, confiando en el paisaje como en un socio, abandonando voluntariamente sus intenciones y rindiéndose a los asaltos del azar, de la espontaneidad, a la embestida de los detalles brutales. Ya no le daba miedo la soledad que le rodeaba”.
Esta acepción de “reparar” que invita a la defensa, cuando se trata de la literatura, no va conmigo.

Quinta acepción:
Reparar: hacer un alto en alguna parte. Detenerse.
En cambio, este uso sí. Esto me gusta. Detenerse. Otear. Escudriñar. Cuando leemos, ese momento en que en medio del desierto aparece un algo de humedad. ¿Aparece o lo aportamos nosotros como lectores? Despegar la vista de la hoja, de la pantalla, para buscar en el aire y atrapar ese pensamiento que se desprendió de la lectura, que queremos que nos pertenezca de ahí en más. Reparo en la extrañeza, en la rebarba, en lo ilimitado, en el vértigo, en la sombra del animal, en la incertidumbre que nos crea la literatura. Yo lectora, yo autora, reparo en algo que no sé si alguien vio antes del mismo modo y que deseo hacer mío para luego transformarlo en parte del paisaje que me define. María Teresa Andruetto lo dijo de modo mucho más preciso en su ponencia Enós, los aprendices, y la escritura perdurable:
“(...) Me gusta pensar que escribir tiene algo que ver con eso: hacer pie en el centro de algo en perfecta soledad, buscando que aparezca una voz que más tarde suene allá en las gradas libres, despegada de mí, una voz que de tan propia se enajena”

Sexta acepción:
Reparar: (<<en>>) detenerse, antes de hacer cierta cosa, considerando las dificultades, los inconvenientes. Mirar, pensar.
Para mí esto es inherente a la escritura. En toda construcción hay una estructura, sea de hueso, de cemento, de alambre, de cartílago, de anillos proteicos, de plástico, de silicona. Y un poema, una novela, un cuento, son construcciones y necesitan esqueleto. Detenerse, antes de hacer un trabajo sobre el lenguaje o después. Reparar en los inconvenientes. Pensar en lo estructural, en la forma. Reparar en si esa forma proviene de algún molde y en si eso puede llegar a ser una dificultad para lo que sigue o para lo ya escrito. Reparar en la dificultad que una estructura puede causar a la melodía de una trama. Revisarla, recomponerla, cambiarla para que sume y no nos aleje de lo que deseamos transmitir. Luego, invisibilizarla, colocarla detrás de los velos, hacerla carozo y cubrirla de pulpa jugosa, sumarle una cáscara. A veces, para esto, un buen lector externo es vital.
Veo que la siguiente forma de uso del verbo también comienza con un <<en>>.

Séptima acepción:
Reparar: (<<en>>) percibir alguien una cosa que hay u ocurre en su presencia, particularmente, algo poco perceptible o a lo que se da un significado especial. Advertir, percatarse.
Se me ocurre que si la anterior refería al trabajo de escritura, esta se relaciona con la lectura. Reparar, como lectora, en si el autor contempló los posibles peligros o no y si se debe a eso que me esté o no me esté pasando algo especial con lo que leo. Allí donde la emoción se desata, hubo antes otra emoción, la de quien escribió, otro pensamiento, otra visión, quizás una planificación para que tal o cual emoción se hiciera presente en la escritura, en la historia, en los personajes. Esta tarea deja un rastro que es posible seguir si uno lo busca. En mi experiencia lectora, me sucedió en un momento que comencé a leer ciertos libros buscando la estructura que sostenía la extrañeza que me había cautivado de ellos. ¿Cómo había hecho el autor para lograr que yo me metiera de ese modo en la historia? Hay quienes me fascinan por el modo en que construyen sus novelas o cuentos. No sé si lo hacen de modo consciente, cincelando los efectos, o “les sale” así. Y me gusta no saber. John Irving es uno de ellos. Manuel Puig es otro. Ema Wolf. Lygia Bojunga. A partir de ese momento, esa práctica lectora se pone en marcha de modo involuntario tanto si me atrapa o no la lectura. Es saber que ese animal al que me estoy acercando, que observo y me observa, tiene un esqueleto que le permite sostenerse y que no vislumbraré a menos que me acerque y me ponga en riesgo.

Octava acepción:
Reparar: Detenerse ante algún inconveniente o dificultad.
Este uso me recuerda uno de los derechos del lector que propone Daniel Pennac. El derecho a dejar de leer. O a dejar de escribir. Esto no lo leo como un abandono definitivo del texto porque pienso en que reparar también invita a retomar el movimiento.

Novena y última acepción:
Reparar: Contenerse o moderarse.
Y quizás, finalmente, encuentre aquí el sonido que me aleja de esta palabra. Cuando escribo lo que menos busco es contenerme o moderarme. Todo lo contrario. Creo que es en el acto creativo que no se mide a sí mismo donde voy encontrando esto de lo que venimos hablando. Lo literario, el animal salvaje. Probar, equivocarme, volver a probar, definir, esfumar, precisar, romper, cavar, advertir, reparar en, sin contención ni barrera, sin moderaciones. No se me ocurre el modo de explorar un territorio interno moderadamente. Me suena tan ridículo como ponerle las riendas a una pantera. Sí, admito, entrar en mí con cautela, con cierto temor al rumbo que pueda tomar la búsqueda. Pero no con moderación. Quien pone en práctica esta acepción de reparar es el mercado. Quien sugiere, quien modera es un otro que está afuera. Si al escribir dejo entrar esa voz moderadora estoy atándome a una cuerda que está en la superficie, llegará un momento en que no podré avanzar. Estaré sujeta por un límite que me han puesto desde afuera. No le veo sentido a esto. El acto de escribir que pone en juego interioridades, que crea tormentas de viento y polvo dentro de nosotros, que yuxtapone a la selva el desierto y a este la pampa húmeda y más allá propone un cordón montañoso y así, para que busquemos el paisaje y la historia, para que pensemos la estructura y los detalles, para que demos cuerpo a los personajes poniendo en juego todos los presentes en nuestra memoria. Ese acto de escribir, para mí, tiene que ser desmesurado.

“Reparar”, luego de todas estas reflexiones y acepciones, continúa siendo una palabra extranjera para mí. Quizás la incorpore alguna vez, tal vez surja algún personaje que pueda usarla en alguna de sus formas. Sin embargo, más allá del María Moliner, de la reparación simbólica del ámbito jurídico, de los cuestionamientos que a este verbo le hacen desde el psicoanálisis, me gusta pensar que escribo historias que impulsan a ir más allá. También me gusta leer este tipo de libros. Historias trampolín que llevan a los lectores a zambullirse en sí mismos de un modo nuevo y profundo.
Lo que deseo es escribir historias que, como dice María Teresa, se despeguen de mí y que de tan propias, se enajenen. Lo que suceda con ellas en ustedes lo dejo a su propio deseo y a las acepciones que mejor le calcen a sus usos del verbo “reparar”.

9.10.12

Montevideana


Conocí Montevideo gracias a la revista Puro Cuento, que premió La tormenta, un cuento inspirado en El eternauta. Gané dos pasajes y 20 libros de autores argentinos.
Tenía 18 años y hacer de mi pasión por escribir un medio de vida era algo que les pasaba a otros, a “gente afortunada”, no a mí. Ese premio avivó una chispa y una pregunta: ¿por qué no a mí?
Fue en Montevideo donde pensé, por primera vez, “estoy aquí porque tuve una idea que se hizo cuento”. Suelo volver a eso, soy muy consciente de que hay sitios (cada vez más) que conozco gracias a que, en soledad, tuve una idea, una idea que me acompañó por meses e hice crecer hasta que tomó vida propia y me llevó a ese lugar. No estoy sola en esos suelos extraños. Estoy con mis historias, que me conducen hacia personas, hacia paseos, hacia nuevas experiencias.
La tormenta me llevó a Montevideo a los 18 y Una casa de secretos, a los 39.

Hoy la Cámara Uruguaya del Libro me sorprendió con una medalla: soy parte de La Legión del Libro. Sucedió en Montevideo. Cuando vi mi sonrisa reflejada en la medalla (su reverso está muy pulido, casi como un espejo) pensé en las tardes leyendo la Puro Cuento y en esa pulsión que fue enviar al concurso el cuento La tormenta; pensé en las casas de Ángela y en lo mucho que disfruté cada instante de la escritura de Una casa de secretos; pensé en que estaba allí fruto de una chispa que encendió definitivamente mi deseo de dedicarme a escribir.
Unos minutos después una persona nueva para mí, una mujer puro afecto y de mirada inolvidable, Adriana Mora, me dijo que para ella yo no soy extranjera en su país. Contuve una emoción que me erizó la piel e hice un chiste para no dejarla salir. Es que esas emociones me gusta guardármelas para mí, sentirlas adentro, invadiendo rincones de la memoria.
Llegué a casa, mostré mi medalla y busqué fotos de mi primer viaje a Montevideo. De cuando todavía era una extranjera pero sin saberlo ya estaba habitando sus paisajes para mi literatura.