19.8.12

Refacciones

Tengo la intención de reformar este espacio.
Quiero agregar aquí una biografía siempre actualizada, links a comentarios sobre mis libros de ficción, información y fotos de la colección ¿Querés saber? y alguna entrada más que quedó por ahí sin publicar.
Entro en etapa de albañilería. Y, siendo yo la trabajadora, empiezo diciendo que tardaré dos semanas.
No me crean.

Ponencia leída en el 17° Foro por el fomento del libro y la lectura de la Fundación Mempo Giardinelli


Mareas y cambios de piel



Lo que preparé es una larga respuesta a la pregunta de la querida Natalia Porta y que me hicieron varias veces antes: ¿qué nos pasó, a los lectores y a mí, luego de la publicación de El mar y la serpiente, mi primera novela?
En ese texto intento que, quien lea, sienta un poco más de cerca cómo fue ser niña, parte de una familia luego secuestrada, antes, durante y después de la última dictadura sufrida por todos los argentinos.
En una entrevista, de Pierre Dumayet a Marguerite Duras, ella respondió:
“Me he dicho muchas veces que se escribía sobre el cuerpo muerto del mundo y, de igual manera, sobre el cuerpo muerto del amor. Que lo escrito se nutría en los estados de ausencia, no para reemplazar algo de lo vivido o de lo supuestamente vivido, sino para depositar en éste el vacío por él dejado.”
La pregunta era qué es la escritura para ella y su respuesta fue mucho más larga, pero esta parte hizo eco en mí pues creo que describe lo que yo siento, el por qué de ciertas decisiones que tomé y que tomo.
Entre la decisión de escribir sobre las ausencias dejadas por la dictadura y la que tomó Antonio Santa Ana -como gerente editorial de Norma-Kapelusz- de publicar mi trabajo, pasaron cinco años. Tres, dedicados en forma obsesiva a lograr un modo de escritura que me permitiera contar como yo quería toda la historia. Otros dos, para lograr la publicación. Y ya van siete desde que El mar y la serpiente comenzó a ser leída.
Yo quería sembrar recuerdos en quienes nacieron en democracia, generar una suerte de memoria que marcara a los lectores jóvenes, recuerdos no vividos de aquella época, que les abriera el deseo de investigar más, de preguntar y hablar más sobre quienes fueron perseguidos y asesinados durante la dictadura. Escribir algo que los movilizara a leer más, que los inquietara.
Lo que no pensé fue que los lectores iban a querer conocerme a mí... No sé por qué no lo pensé, puesto que, como lectora, a mis once años y salvando las diferencias, me hubiera encantado conocer a Anna Frank. Pero bueno, cuando me llamaron de la editorial para contarme que en una escuela querían conocerme, me sorprendí y me gustó la idea de que la lectura se cerrara con una presencia; dije que sí. Al minuto siguiente, cuando caí en la cuenta de que tendría que responder “en vivo y en directo” a mis primeros lectores, la adrenalina me subió por las nubes.
Estoy hablando de marzo de 2005. No existía todavía el Día de la Memoria en el calendario escolar, pero la directora que la escuela estatal porteña Rosario Vera Peñaloza tenía por entonces, Marta, estaba convencida de que los niños debían conocer, debatir y recordar activamente los años de la dictadura. Esta mujer leyó El mar y la serpiente a los alumnos de séptimo grado. Completa y de una sentada. Me contó que terminó con la voz hecha llanto pero que era importante para ella que los chicos la escucharan así.
Confieso que en los días previos a la visita me pregunté varias veces por qué no volvía al laboratorio, qué necesidad esta de publicar y conversar con tantos extraños sobre cuánto había de autobiográfico y cuánto no en la novela... Pero, a la vez, sentía una pulsión adentro, una necesidad de mantener en tiempo presente a mis ausentes; estar presente para que nuestros desaparecidos no sigan desapareciendo. Así que fui a la escuela arrastrando mi timidez, mis tripas anudadas y convenciéndome de que no había nada en el libro que no supiera. (Igual, por las dudas, lo releí).
Nos sentamos en ronda y el primer niño que habló, muy seriamente, dijo:
“A mí, tu novela, no me gustó”.
No esperaba que el diálogo comenzara así. Pero, quizás por eso mismo, me provocó una sonrisa. Pensé: “bueno, vos querías inquietar, generar memoria, traer a tiempo presente a los desaparecidos... Ahora, hacete cargo”.
En cada encuentro después del primero, recuerdo a ese lector insatisfecho; fue “iniciático”.

Yo creo que la memoria es una construcción íntima a la vez que colectiva, algo dinámico y siempre vivo. Los recuerdos se van resignificando a la luz de nuevos datos, los recortes que hacemos de lo vivido van dando nuevas formas al modo en que queremos recordar, como individuos y como sociedad. Un determinado camino neuronal, que se recorre por vez primera cuando un hecho se vive, se consolida y reconsolida cada vez que hacemos presente el recuerdo; por lo tanto, se revive cada vez de modo diferente puesto que lo recordamos en diferentes contextos. En mi presente, lo que viví en su momento y lo que escribí en El mar y la serpiente están profundamente enlazados. En mi presente, la ficción y lo vivido se consolidan muy cerca el uno de la otra, ahí, en esa zona cerebral llamada hipocampo. Ya no hay vuelta atrás. Lo escrito ha modificado lo vivido, ha profundizado los recuerdos. Recuerdo más porque he escrito.

Otra experiencia que me impactó mucho de aquel 2005 también tiene que ver con un “no”. Sucedió en un colegio privado del barrio de Belgrano, también en mi ciudad, al cual había sido convocada por la profesora de historia. En el momento del encuentro, solemne y numeroso, al abrir el diálogo luego de las palabras de la docente, en presencia de otras profesoras y de la rectora, lo que hubo fue un silencio largo e impenetrable. La profesora se puso muy nerviosa y comenzó a pedir preguntas: “Vamos, chicos, ¡anímense! ¡Vamos! Yo sé que tienen preguntas, ¿vos?, ¿vos?”. Los interpelados no emitían palabra y se removían incómodos en sus asientos. Yo también. En la primera fila alguien captó la incomodidad y levantó la mano, tan al costado que tuve que girar mi cuerpo y mi cabeza para mirarlo. Un chico de flequillo largo.
Les diría que fue una entrevista con él. Me preguntó de todo. Había leído la novela, había reflexionado. Se notaba su pensamiento. Cada tanto la profesora lo interrumpía para animar a otros compañeros a hablar. Pero fue él quien puso frescura a ese encuentro tan tenso; él quedó en mi memoria. Al terminar el encuentro, mientras nos dirigíamos a la puerta, la rectora me comentó lo sorprendida que estaba por el nivel de las preguntas de ese estudiante pues, tampoco olvidaré esas palabras, “nadie da un centavo por él. Ya no sabemos qué hacer con él”.

¿Qué fibras íntimas tocará la literatura en cada joven? ¿Cuál será la historia de cada lector? ¿Cuáles sus recuerdos de la primera infancia? ¿Cuál su primer recuerdo de dolor, cuál el primero de violencia? Estas preguntas vuelven luego de cada encuentro.

Con El mar y la serpiente viví y me enteré de situaciones particularmente conmovedoras que llevaría mucho más de 12 minutos contar pero quiero compartir tres en las que los lectores tomaron por asalto a su propia familia y pusieron sobre el tapete sus propias historias relacionadas con la dictadura. En San Salvador de Jujuy una joven de luminosa sonrisa y voz sin temblores me contó, micrófono en mano, ante 400 alumnos de distintos colegios, que luego de que ella y su madre leyeron la novela, su mamá le habló de su tío desaparecido y juntas fueron a la Casa de la Memoria de la ciudad para dar inicio a la búsqueda de sus restos. Algo similar pasó hace ya unos años, en Río Gallegos. Allí no estuve, pero me enteré por el relato de la docente. Ella les había pedido como trabajo de cierre que escribieran una composición sobre los desaparecidos, como sucede en la novela. Y un alumno quiso leerla en voz alta. Así fue como todos conocieron la historia de su abuelo desaparecido, algo sobre lo que no había podido hablar hasta el momento.

¿Qué pasa cuando algo de la palabra poética entra en un lector? ¿Cómo saber que se han elegido las palabras justas, esas que emocionan y llevan a hacer, a moverse, a inquietarse, a leer otras cosas, a preguntar?

En Córdoba capital, un profesor unos años más joven que yo me obsequió una copia de un trabajo académico que había presentado en un Congreso donde analizaba mi novela. “Yo podría haber vivido lo mismo que vos”, me dijo, pues su padre se había salvado de milagro de ser secuestrado en el '76. “Esta historia podría haber sido la mía”. Con esa percepción a cuestas él había trabajado con sus alumnos de 16 años la novela, se notaba en las preguntas que los chicos me hacían. No había intento en ellas de dilucidar qué es autobiográfico y qué no, como suele suceder, pues sabían que no estaba allí la médula que su profesor deseaba poner en relieve. Lo colectivo por sobre lo individual. La búsqueda literaria. Me preguntaban acerca de las elecciones discursivas, de los pocos personajes que tienen nombre, de mi relación con el diario de Anna Frank, de los Juicios de Lesa Humanidad, de los espacios en blanco.
Lectores sensibilizados por docentes conmovidos, apasionados.

Creo que la conmoción sobreviene al darnos cuenta de que TODOS, y TODAS, somos sobrevivientes de la dictadura.
Y también creo que el arte, en particular la literatura y la música, son especialistas en colarse por nuestras hendiduras emocionales y anidar allí. Exigen una escucha y una puesta en escena donde los propios recuerdos tienen que hacerse presentes. En ese sentido, más literatura, más música, garantizan una memoria activa puesto que se ponen en marcha procesos biológicos sobre los que no tenemos control aunque cerremos el libro y apaguemos la música. Si alguno de esos procesos se desencadena, es difícil de frenar en lo inmediato.

Cuando el año pasado fui testigo en el Juicio de Lesa Humanidad que se está desarrollando en Bahía Blanca, sentí que cada encuentro con lectores había sido un entrenamiento para ese momento, en el cual lo único con lo que se cuenta es con el propio cuerpo. En aquel momento, hace ya un año, tuve cabal conciencia de que la literatura, la memoria y la incertidumbre eran mi corazón, mi cerebro y mi esqueleto. Me dijeron que mi única herramienta sería la voz y pregunté si me darían un micrófono. Recordé las cientos de caras sonrientes y espectantes de los lectores y decidí que no miraría a los responsables del V Cuerpo del Ejército. No podía llevar un escrito pero podía preparar un relato que diera cuenta real de lo terrible que es crecer en la incertidumbre. Al sentarme en el banco de los testigos, más memoria y más literatura fueron mis estrategias. La palabra poética tiene una fuerza y una penetrancia que la hacen infalible. La literatura se hizo aún más presente cuando, al terminar mi relato y dar por finalizada esa jornada inolvidable, encontré en la puerta a un grupo de amigos de mi padre. Todos ellos tenían mi novela.
Hace pocos días, los fiscales cerraron su alegato con un fragmento de Julio Cortázar. La poesía es llave y es cerradura. La Justicia la necesita cuando las palabras jurídicas ya no alcanzan.

No sé si es porque soy muy consciente de que podría haber perdido mi identidad, o porque mamé incertidumbre durante tantos años o porque supe engañar los vacíos con escritos, como dice Duras, pero estoy convencida de que vivir la realidad, el día a día, sin olvidar quienes somos, nuestra historia y leyendo literatura que cale profundo dentro de nosotros, lleva a una sociedad con mejor escucha, con mayor capacidad para construir significados sin perder de vista el sentido que subyace por detrás. Más memoria y más literatura para formar ciudadanos más atentos. Mantener viva la memoria sin estar en el pasado, haciéndonos presentes. Más pasión y mayor compromiso en nuestro trabajo, para buscar el modo de que aquello que queremos contar se trence en el latir de la sangre de nuestros lectores. Intentar respirar con ellos, a su ritmo, para sembrar en ellos más memoria y más literatura.