23.11.12

Día de la música


Me encanta Fiona Apple y su forma de tomar decisiones y su humanidad y su mirada del todo.
Me encanta Thom Yorke y su poesía y su melancolía y su mirada del todo.
Me encanta Eddie Vedder y su intimismo y su composiciones y su mirada del todo.
Los Radiohead me marcaron tanto como los Pearl Jam y los Pixies.
Me encanta Juana Molina y su mundo y sus búsquedas y su mirada del todo.
Me encantan Erik Satie, Nick Drake, Gotan Proyect, Mike Patton, Astor Piazolla, los Arcade Fire y el silencio que arriba después de cada melodía.
Me gusta descubrir música nueva de cualquier tipo porque detrás de cada melodía hay personas que se dedican a lo que más les gusta, sin dudas, dispuestas a dejarlo todo por expresar aquello que los quema por dentro.
De lo que escuché últimamente lo que más me gustó es lo que está haciendo Lisandro Aristimuño. 

Pienso las palabras como melodías.
Será que aprendí a leer escuchando cantar a María Elena Walsh. Sus Canciones para mirar giraban en formato long play. Lado A - Lado B - Lado A - Lado B y así hasta que logré decodificar los sonidos cantados de las letras escritas.

Gracias a mi vieja, Andrea Fasani, por educarme siempre en la música, en el arte, que, lejos de tapar los vacíos, los acompaña y los transforma.

16.11.12

La felicidad



Paradoja.
Ir hacia un lugar en el cual se está.
La relatividad general se revela insospechada:
espacio-tiempo curvo y feliz que dura
lo que dura
el instante, el recuerdo, y la sonrisa nueva
que se forma ante la imagen de lo que ya fue vivido.

Hay circunstancias que inauguran
             amistades que se entrecruzan en
zonas nuevas de la memoria.
             Tiempos que entibian por dentro
y descongelan otros recuerdos.

Paradoja.
Estar en un lugar al que siempre se quiso llegar.
Y reír. Reír.
Reír como cuando el tiempo no existía. 






15.10.12

Lo que leí en el 3er Congreso Internacional de Literatura para niños organizado por Editorial La Bohemia

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Alrededor del verbo “reparar”

Me cuestiono sobre el uso del verbo “reparar”.
Es una palabra que se me presenta extranjera, no forma parte de mi lenguaje. Quizás porque en casa resuena desde el televisor en la serie Manny a la obra que transmite Disney Channel. O tal vez porque la escucho desde los medios periodísticos, que la toman, a su vez, del lenguaje jurídico. También he observado cómo se usa este verbo en torno a lo literario y escuchado de la boca de algunos lectores que mis libros resultaron reparadores.
Para este Congreso me preguntaron qué me parecía hablar sobre lo reparatorio, reflexionar en torno a eso. La propuesta me resultó interesante porque hay algo en el uso del verbo “reparar” que desafina en mí. Es una nota discordante que me desafía desde su sonoridad. Reparar... Del latín, reparare. Suelta, me gusta como suena esa palabra. Pero no sé bien qué significa, si “esconde” algo.
Tomo mi diccionario preferido, el María Moliner, y comienzo a nadar territorio adentro. Hacia donde paladeo las palabras como helados. Encuentro “reparar” y nueve usos para el verbo.

Primera acepción:
Reparar: dejar en buen estado un objeto que estaba roto o deteriorado. Componer, arreglar. Subacepción: se dice también 'reparar las fuerzas, las energías, etc.'
Pienso en objetos culturales. Se deterioran, sí; los arreglamos. Esta primera acepción refiere a la física, a lo material. Aún cuando admite la fuerza, la energía. Reparamos el mundo físico. Nuestros libros. La biblioteca. La mochila. La computadora donde escribimos. Reparamos asientos, reparamos camas. Pienso que “reparar” invita a leer confortablemente. Invita a que las cosas estén en buen estado. Es un verbo positivo, que parece decirnos, como las herramientas de Manny a la obra, que sí, podemos reparar eso que está roto.
En esta primera acepción, reparar se queda en la superficie y me preocupa un poco cuando intento asociarla a la escritura, a la lectura. Reparar puede implicar acciones como tapar, cubrir, remediar. Eso no me lleva hacia donde quiero ir. No me interesa escribir para tapar, para arreglar. Me interesa escribir para cavar, para romper, agrietar, agotar las fuerzas. Literatura como pala de punta, no como pala de albañil.

Segunda acepción:
Reparar: retocar la obra para quitarle los defectos que saca del molde.
Muchas veces ayude a mi madre a desmoldar piezas cerámicas. La forma se desprende del yeso con un golpe seco, se toma, se observa y allí donde ha quedado una rebarba, se frota sin miedo pero con cuidado una esponjita suave para eliminarla. Esas rebarbas que se quitan hacen que la forma desmoldada sea muy similar a la que ya hemos desmoldado y a la que desmoldaremos a continuación. La originalidad aquí está en la forma y, si lo deseamos, en cómo la decoraremos cuando esté lista.
¿Qué pasa si esa rebarba le da una belleza, una aspereza particular y única a la forma? ¿Se repara? ¿Dejamos pasar ese instante en que vimos que la rebarba agregaba un plus en pro de conservar la forma? ¿Qué nos pasa como lectores, como consumidores, cuando somos cómplices y notamos que el autor ha cometido la osadía, la subversión. de mantener una rebarba, a veces escondida entre el color y la textura de la forma, a veces exaltada, destacada, como marca de un estilo?

Tercera acepción:
Reparar: compensar o remediar una falta cometida o un daño causado. Descargar la conciencia.
El equipo de salud mental del CELS (Centro de Estudios Legales y Sociales) aborda en un artículo el concepto de “reparación simbólica” (acuñado por la psicoanalista Melanie Klein). Sé de qué se trata, lo he vivido, pero allí confirmo que, desde el ámbito de la Justicia, al daño le sigue la acción reparatoria. Dicen:
“ La reparación es simbólica porque pretende una compensación que siempre es un desplazamiento desde el daño real hacia un acto de justicia. (…) En ese sentido, la reparación simbólica es polisémica, y esta abierta a la significación -diversa en cada caso- que de ella haga la víctima que la recibe.(...) La reparación -como operación psíquica- no es un acto que produce el culpable respondiendo al requerimiento de la justicia, sino que dependerá de la forma de metabolización que la víctima pueda realizar respecto de ese acto reparatorio.”
Vuelvo a lo que se desencadena en uno ante el hecho literario. Lo que la lectura deja sembrado en cada lector puede dañar, puede abrir heridas causadas por otros, puede limpiar esas heridas o infectarlas aún más, puede tener el efecto primero doloroso y luego sanador del alcohol vertido sobre el tajo. La escritura, bajo esta acepción de reparar, puede provocar una catarata de efectos hasta llegar a la médula y tocarla de tal modo que nunca más sentiremos lo mismo luego de haber ido hasta allí. Por otro lado, la interpretación personal de lo leído puede ser el puente que nos lleve hasta ese lugar interior y nos devuelva la sangre fresca, el dolor punzante, la emoción primera. La lectura puede ser la herramienta con que la víctima se acerque al acto de reparación. Pero yo creo, interpreto aquí, que ni la escritura por sí sola ni la lectura reparan per se. Tiene que suceder ese “algo” en nosotros, abrirse ese camino simbólico luego de leer. ¿Es posible hacer consciente este proceso? No estoy segura. Yo sé que hay escrituras que me llevan por esa huella. Lo sé porque ya lo he experimentado; pero ¿volverá a suceder ante un nuevo libro de ese mismo autor? Puedo intentar reproducir la experiencia, leer acercando la nariz, buscando el rastro de ese “algo” que quiero volver a sentir. ¿Sucederá igual, parecido, distinto pero con el mismo grado de intensidad? No lo sé.


Cuarta acepción:
Reparar: oponer una defensa contra un golpe o un peligro.
Aquí el verbo llama a protegerse. ¿De qué clase es el peligro? ¿Cómo preparamos la defensa ante un posible golpe dado por un poema, por un párrafo, por una frase?
Imagino una selva y allí, una obra literaria como un animal salvaje. ¿Pero cuál? Pensemos en una pantera negra o en un tigre, solitaria, de límites inciertos, sinuosos, que puede estar más lejos o más cerca, que puede ronronear, que suspende sus orejas ante los murmullos, que sorprende, intempestiva, que seduce y estremece. ¿Sinceramente? De esta pantera no me puedo reparar. Me tiene cautiva e hipnotizada. Su mirada me impide calcular certeramente las distancias. Irremediable llegará el daño y, en todo caso, acudiré a la anterior acepción del verbo reparar para curar la herida. Doy ejemplos que es posible que a ustedes no los sensibilicen pues tienen que ver con lo que me sucedió a mí al leer, lo que desencadenaron en mí.
Un zarpazo reciente desde los versos intermedios de Grafito, un poema de Claudia Masin que me asalta leído por su autora en el Foro de la Fundación Giardinelli, hace un par de meses:
“La escritura de la canción de la madre demora
el final de la canción misma. Las palabras
existirán para crear esa demora, un instante
suspendido entre la voz y el silencio.”
Otro zarpazo del año '92, que ya es línea blanca que sólo ven los íntimos cuando se broncea mi piel. Lo hizo una frase de El palacio de la luna, de Paul Auster, la subrayé, igual que muchas otras de esa novela, a mis 20 años y si hago memoria, aún puedo entender porqué me dejó marca:
“(...) Procuró olvidar las reglas que había aprendido, confiando en el paisaje como en un socio, abandonando voluntariamente sus intenciones y rindiéndose a los asaltos del azar, de la espontaneidad, a la embestida de los detalles brutales. Ya no le daba miedo la soledad que le rodeaba”.
Esta acepción de “reparar” que invita a la defensa, cuando se trata de la literatura, no va conmigo.

Quinta acepción:
Reparar: hacer un alto en alguna parte. Detenerse.
En cambio, este uso sí. Esto me gusta. Detenerse. Otear. Escudriñar. Cuando leemos, ese momento en que en medio del desierto aparece un algo de humedad. ¿Aparece o lo aportamos nosotros como lectores? Despegar la vista de la hoja, de la pantalla, para buscar en el aire y atrapar ese pensamiento que se desprendió de la lectura, que queremos que nos pertenezca de ahí en más. Reparo en la extrañeza, en la rebarba, en lo ilimitado, en el vértigo, en la sombra del animal, en la incertidumbre que nos crea la literatura. Yo lectora, yo autora, reparo en algo que no sé si alguien vio antes del mismo modo y que deseo hacer mío para luego transformarlo en parte del paisaje que me define. María Teresa Andruetto lo dijo de modo mucho más preciso en su ponencia Enós, los aprendices, y la escritura perdurable:
“(...) Me gusta pensar que escribir tiene algo que ver con eso: hacer pie en el centro de algo en perfecta soledad, buscando que aparezca una voz que más tarde suene allá en las gradas libres, despegada de mí, una voz que de tan propia se enajena”

Sexta acepción:
Reparar: (<<en>>) detenerse, antes de hacer cierta cosa, considerando las dificultades, los inconvenientes. Mirar, pensar.
Para mí esto es inherente a la escritura. En toda construcción hay una estructura, sea de hueso, de cemento, de alambre, de cartílago, de anillos proteicos, de plástico, de silicona. Y un poema, una novela, un cuento, son construcciones y necesitan esqueleto. Detenerse, antes de hacer un trabajo sobre el lenguaje o después. Reparar en los inconvenientes. Pensar en lo estructural, en la forma. Reparar en si esa forma proviene de algún molde y en si eso puede llegar a ser una dificultad para lo que sigue o para lo ya escrito. Reparar en la dificultad que una estructura puede causar a la melodía de una trama. Revisarla, recomponerla, cambiarla para que sume y no nos aleje de lo que deseamos transmitir. Luego, invisibilizarla, colocarla detrás de los velos, hacerla carozo y cubrirla de pulpa jugosa, sumarle una cáscara. A veces, para esto, un buen lector externo es vital.
Veo que la siguiente forma de uso del verbo también comienza con un <<en>>.

Séptima acepción:
Reparar: (<<en>>) percibir alguien una cosa que hay u ocurre en su presencia, particularmente, algo poco perceptible o a lo que se da un significado especial. Advertir, percatarse.
Se me ocurre que si la anterior refería al trabajo de escritura, esta se relaciona con la lectura. Reparar, como lectora, en si el autor contempló los posibles peligros o no y si se debe a eso que me esté o no me esté pasando algo especial con lo que leo. Allí donde la emoción se desata, hubo antes otra emoción, la de quien escribió, otro pensamiento, otra visión, quizás una planificación para que tal o cual emoción se hiciera presente en la escritura, en la historia, en los personajes. Esta tarea deja un rastro que es posible seguir si uno lo busca. En mi experiencia lectora, me sucedió en un momento que comencé a leer ciertos libros buscando la estructura que sostenía la extrañeza que me había cautivado de ellos. ¿Cómo había hecho el autor para lograr que yo me metiera de ese modo en la historia? Hay quienes me fascinan por el modo en que construyen sus novelas o cuentos. No sé si lo hacen de modo consciente, cincelando los efectos, o “les sale” así. Y me gusta no saber. John Irving es uno de ellos. Manuel Puig es otro. Ema Wolf. Lygia Bojunga. A partir de ese momento, esa práctica lectora se pone en marcha de modo involuntario tanto si me atrapa o no la lectura. Es saber que ese animal al que me estoy acercando, que observo y me observa, tiene un esqueleto que le permite sostenerse y que no vislumbraré a menos que me acerque y me ponga en riesgo.

Octava acepción:
Reparar: Detenerse ante algún inconveniente o dificultad.
Este uso me recuerda uno de los derechos del lector que propone Daniel Pennac. El derecho a dejar de leer. O a dejar de escribir. Esto no lo leo como un abandono definitivo del texto porque pienso en que reparar también invita a retomar el movimiento.

Novena y última acepción:
Reparar: Contenerse o moderarse.
Y quizás, finalmente, encuentre aquí el sonido que me aleja de esta palabra. Cuando escribo lo que menos busco es contenerme o moderarme. Todo lo contrario. Creo que es en el acto creativo que no se mide a sí mismo donde voy encontrando esto de lo que venimos hablando. Lo literario, el animal salvaje. Probar, equivocarme, volver a probar, definir, esfumar, precisar, romper, cavar, advertir, reparar en, sin contención ni barrera, sin moderaciones. No se me ocurre el modo de explorar un territorio interno moderadamente. Me suena tan ridículo como ponerle las riendas a una pantera. Sí, admito, entrar en mí con cautela, con cierto temor al rumbo que pueda tomar la búsqueda. Pero no con moderación. Quien pone en práctica esta acepción de reparar es el mercado. Quien sugiere, quien modera es un otro que está afuera. Si al escribir dejo entrar esa voz moderadora estoy atándome a una cuerda que está en la superficie, llegará un momento en que no podré avanzar. Estaré sujeta por un límite que me han puesto desde afuera. No le veo sentido a esto. El acto de escribir que pone en juego interioridades, que crea tormentas de viento y polvo dentro de nosotros, que yuxtapone a la selva el desierto y a este la pampa húmeda y más allá propone un cordón montañoso y así, para que busquemos el paisaje y la historia, para que pensemos la estructura y los detalles, para que demos cuerpo a los personajes poniendo en juego todos los presentes en nuestra memoria. Ese acto de escribir, para mí, tiene que ser desmesurado.

“Reparar”, luego de todas estas reflexiones y acepciones, continúa siendo una palabra extranjera para mí. Quizás la incorpore alguna vez, tal vez surja algún personaje que pueda usarla en alguna de sus formas. Sin embargo, más allá del María Moliner, de la reparación simbólica del ámbito jurídico, de los cuestionamientos que a este verbo le hacen desde el psicoanálisis, me gusta pensar que escribo historias que impulsan a ir más allá. También me gusta leer este tipo de libros. Historias trampolín que llevan a los lectores a zambullirse en sí mismos de un modo nuevo y profundo.
Lo que deseo es escribir historias que, como dice María Teresa, se despeguen de mí y que de tan propias, se enajenen. Lo que suceda con ellas en ustedes lo dejo a su propio deseo y a las acepciones que mejor le calcen a sus usos del verbo “reparar”.

9.10.12

Montevideana


Conocí Montevideo gracias a la revista Puro Cuento, que premió La tormenta, un cuento inspirado en El eternauta. Gané dos pasajes y 20 libros de autores argentinos.
Tenía 18 años y hacer de mi pasión por escribir un medio de vida era algo que les pasaba a otros, a “gente afortunada”, no a mí. Ese premio avivó una chispa y una pregunta: ¿por qué no a mí?
Fue en Montevideo donde pensé, por primera vez, “estoy aquí porque tuve una idea que se hizo cuento”. Suelo volver a eso, soy muy consciente de que hay sitios (cada vez más) que conozco gracias a que, en soledad, tuve una idea, una idea que me acompañó por meses e hice crecer hasta que tomó vida propia y me llevó a ese lugar. No estoy sola en esos suelos extraños. Estoy con mis historias, que me conducen hacia personas, hacia paseos, hacia nuevas experiencias.
La tormenta me llevó a Montevideo a los 18 y Una casa de secretos, a los 39.

Hoy la Cámara Uruguaya del Libro me sorprendió con una medalla: soy parte de La Legión del Libro. Sucedió en Montevideo. Cuando vi mi sonrisa reflejada en la medalla (su reverso está muy pulido, casi como un espejo) pensé en las tardes leyendo la Puro Cuento y en esa pulsión que fue enviar al concurso el cuento La tormenta; pensé en las casas de Ángela y en lo mucho que disfruté cada instante de la escritura de Una casa de secretos; pensé en que estaba allí fruto de una chispa que encendió definitivamente mi deseo de dedicarme a escribir.
Unos minutos después una persona nueva para mí, una mujer puro afecto y de mirada inolvidable, Adriana Mora, me dijo que para ella yo no soy extranjera en su país. Contuve una emoción que me erizó la piel e hice un chiste para no dejarla salir. Es que esas emociones me gusta guardármelas para mí, sentirlas adentro, invadiendo rincones de la memoria.
Llegué a casa, mostré mi medalla y busqué fotos de mi primer viaje a Montevideo. De cuando todavía era una extranjera pero sin saberlo ya estaba habitando sus paisajes para mi literatura.

19.8.12

Refacciones

Tengo la intención de reformar este espacio.
Quiero agregar aquí una biografía siempre actualizada, links a comentarios sobre mis libros de ficción, información y fotos de la colección ¿Querés saber? y alguna entrada más que quedó por ahí sin publicar.
Entro en etapa de albañilería. Y, siendo yo la trabajadora, empiezo diciendo que tardaré dos semanas.
No me crean.

Ponencia leída en el 17° Foro por el fomento del libro y la lectura de la Fundación Mempo Giardinelli


Mareas y cambios de piel



Lo que preparé es una larga respuesta a la pregunta de la querida Natalia Porta y que me hicieron varias veces antes: ¿qué nos pasó, a los lectores y a mí, luego de la publicación de El mar y la serpiente, mi primera novela?
En ese texto intento que, quien lea, sienta un poco más de cerca cómo fue ser niña, parte de una familia luego secuestrada, antes, durante y después de la última dictadura sufrida por todos los argentinos.
En una entrevista, de Pierre Dumayet a Marguerite Duras, ella respondió:
“Me he dicho muchas veces que se escribía sobre el cuerpo muerto del mundo y, de igual manera, sobre el cuerpo muerto del amor. Que lo escrito se nutría en los estados de ausencia, no para reemplazar algo de lo vivido o de lo supuestamente vivido, sino para depositar en éste el vacío por él dejado.”
La pregunta era qué es la escritura para ella y su respuesta fue mucho más larga, pero esta parte hizo eco en mí pues creo que describe lo que yo siento, el por qué de ciertas decisiones que tomé y que tomo.
Entre la decisión de escribir sobre las ausencias dejadas por la dictadura y la que tomó Antonio Santa Ana -como gerente editorial de Norma-Kapelusz- de publicar mi trabajo, pasaron cinco años. Tres, dedicados en forma obsesiva a lograr un modo de escritura que me permitiera contar como yo quería toda la historia. Otros dos, para lograr la publicación. Y ya van siete desde que El mar y la serpiente comenzó a ser leída.
Yo quería sembrar recuerdos en quienes nacieron en democracia, generar una suerte de memoria que marcara a los lectores jóvenes, recuerdos no vividos de aquella época, que les abriera el deseo de investigar más, de preguntar y hablar más sobre quienes fueron perseguidos y asesinados durante la dictadura. Escribir algo que los movilizara a leer más, que los inquietara.
Lo que no pensé fue que los lectores iban a querer conocerme a mí... No sé por qué no lo pensé, puesto que, como lectora, a mis once años y salvando las diferencias, me hubiera encantado conocer a Anna Frank. Pero bueno, cuando me llamaron de la editorial para contarme que en una escuela querían conocerme, me sorprendí y me gustó la idea de que la lectura se cerrara con una presencia; dije que sí. Al minuto siguiente, cuando caí en la cuenta de que tendría que responder “en vivo y en directo” a mis primeros lectores, la adrenalina me subió por las nubes.
Estoy hablando de marzo de 2005. No existía todavía el Día de la Memoria en el calendario escolar, pero la directora que la escuela estatal porteña Rosario Vera Peñaloza tenía por entonces, Marta, estaba convencida de que los niños debían conocer, debatir y recordar activamente los años de la dictadura. Esta mujer leyó El mar y la serpiente a los alumnos de séptimo grado. Completa y de una sentada. Me contó que terminó con la voz hecha llanto pero que era importante para ella que los chicos la escucharan así.
Confieso que en los días previos a la visita me pregunté varias veces por qué no volvía al laboratorio, qué necesidad esta de publicar y conversar con tantos extraños sobre cuánto había de autobiográfico y cuánto no en la novela... Pero, a la vez, sentía una pulsión adentro, una necesidad de mantener en tiempo presente a mis ausentes; estar presente para que nuestros desaparecidos no sigan desapareciendo. Así que fui a la escuela arrastrando mi timidez, mis tripas anudadas y convenciéndome de que no había nada en el libro que no supiera. (Igual, por las dudas, lo releí).
Nos sentamos en ronda y el primer niño que habló, muy seriamente, dijo:
“A mí, tu novela, no me gustó”.
No esperaba que el diálogo comenzara así. Pero, quizás por eso mismo, me provocó una sonrisa. Pensé: “bueno, vos querías inquietar, generar memoria, traer a tiempo presente a los desaparecidos... Ahora, hacete cargo”.
En cada encuentro después del primero, recuerdo a ese lector insatisfecho; fue “iniciático”.

Yo creo que la memoria es una construcción íntima a la vez que colectiva, algo dinámico y siempre vivo. Los recuerdos se van resignificando a la luz de nuevos datos, los recortes que hacemos de lo vivido van dando nuevas formas al modo en que queremos recordar, como individuos y como sociedad. Un determinado camino neuronal, que se recorre por vez primera cuando un hecho se vive, se consolida y reconsolida cada vez que hacemos presente el recuerdo; por lo tanto, se revive cada vez de modo diferente puesto que lo recordamos en diferentes contextos. En mi presente, lo que viví en su momento y lo que escribí en El mar y la serpiente están profundamente enlazados. En mi presente, la ficción y lo vivido se consolidan muy cerca el uno de la otra, ahí, en esa zona cerebral llamada hipocampo. Ya no hay vuelta atrás. Lo escrito ha modificado lo vivido, ha profundizado los recuerdos. Recuerdo más porque he escrito.

Otra experiencia que me impactó mucho de aquel 2005 también tiene que ver con un “no”. Sucedió en un colegio privado del barrio de Belgrano, también en mi ciudad, al cual había sido convocada por la profesora de historia. En el momento del encuentro, solemne y numeroso, al abrir el diálogo luego de las palabras de la docente, en presencia de otras profesoras y de la rectora, lo que hubo fue un silencio largo e impenetrable. La profesora se puso muy nerviosa y comenzó a pedir preguntas: “Vamos, chicos, ¡anímense! ¡Vamos! Yo sé que tienen preguntas, ¿vos?, ¿vos?”. Los interpelados no emitían palabra y se removían incómodos en sus asientos. Yo también. En la primera fila alguien captó la incomodidad y levantó la mano, tan al costado que tuve que girar mi cuerpo y mi cabeza para mirarlo. Un chico de flequillo largo.
Les diría que fue una entrevista con él. Me preguntó de todo. Había leído la novela, había reflexionado. Se notaba su pensamiento. Cada tanto la profesora lo interrumpía para animar a otros compañeros a hablar. Pero fue él quien puso frescura a ese encuentro tan tenso; él quedó en mi memoria. Al terminar el encuentro, mientras nos dirigíamos a la puerta, la rectora me comentó lo sorprendida que estaba por el nivel de las preguntas de ese estudiante pues, tampoco olvidaré esas palabras, “nadie da un centavo por él. Ya no sabemos qué hacer con él”.

¿Qué fibras íntimas tocará la literatura en cada joven? ¿Cuál será la historia de cada lector? ¿Cuáles sus recuerdos de la primera infancia? ¿Cuál su primer recuerdo de dolor, cuál el primero de violencia? Estas preguntas vuelven luego de cada encuentro.

Con El mar y la serpiente viví y me enteré de situaciones particularmente conmovedoras que llevaría mucho más de 12 minutos contar pero quiero compartir tres en las que los lectores tomaron por asalto a su propia familia y pusieron sobre el tapete sus propias historias relacionadas con la dictadura. En San Salvador de Jujuy una joven de luminosa sonrisa y voz sin temblores me contó, micrófono en mano, ante 400 alumnos de distintos colegios, que luego de que ella y su madre leyeron la novela, su mamá le habló de su tío desaparecido y juntas fueron a la Casa de la Memoria de la ciudad para dar inicio a la búsqueda de sus restos. Algo similar pasó hace ya unos años, en Río Gallegos. Allí no estuve, pero me enteré por el relato de la docente. Ella les había pedido como trabajo de cierre que escribieran una composición sobre los desaparecidos, como sucede en la novela. Y un alumno quiso leerla en voz alta. Así fue como todos conocieron la historia de su abuelo desaparecido, algo sobre lo que no había podido hablar hasta el momento.

¿Qué pasa cuando algo de la palabra poética entra en un lector? ¿Cómo saber que se han elegido las palabras justas, esas que emocionan y llevan a hacer, a moverse, a inquietarse, a leer otras cosas, a preguntar?

En Córdoba capital, un profesor unos años más joven que yo me obsequió una copia de un trabajo académico que había presentado en un Congreso donde analizaba mi novela. “Yo podría haber vivido lo mismo que vos”, me dijo, pues su padre se había salvado de milagro de ser secuestrado en el '76. “Esta historia podría haber sido la mía”. Con esa percepción a cuestas él había trabajado con sus alumnos de 16 años la novela, se notaba en las preguntas que los chicos me hacían. No había intento en ellas de dilucidar qué es autobiográfico y qué no, como suele suceder, pues sabían que no estaba allí la médula que su profesor deseaba poner en relieve. Lo colectivo por sobre lo individual. La búsqueda literaria. Me preguntaban acerca de las elecciones discursivas, de los pocos personajes que tienen nombre, de mi relación con el diario de Anna Frank, de los Juicios de Lesa Humanidad, de los espacios en blanco.
Lectores sensibilizados por docentes conmovidos, apasionados.

Creo que la conmoción sobreviene al darnos cuenta de que TODOS, y TODAS, somos sobrevivientes de la dictadura.
Y también creo que el arte, en particular la literatura y la música, son especialistas en colarse por nuestras hendiduras emocionales y anidar allí. Exigen una escucha y una puesta en escena donde los propios recuerdos tienen que hacerse presentes. En ese sentido, más literatura, más música, garantizan una memoria activa puesto que se ponen en marcha procesos biológicos sobre los que no tenemos control aunque cerremos el libro y apaguemos la música. Si alguno de esos procesos se desencadena, es difícil de frenar en lo inmediato.

Cuando el año pasado fui testigo en el Juicio de Lesa Humanidad que se está desarrollando en Bahía Blanca, sentí que cada encuentro con lectores había sido un entrenamiento para ese momento, en el cual lo único con lo que se cuenta es con el propio cuerpo. En aquel momento, hace ya un año, tuve cabal conciencia de que la literatura, la memoria y la incertidumbre eran mi corazón, mi cerebro y mi esqueleto. Me dijeron que mi única herramienta sería la voz y pregunté si me darían un micrófono. Recordé las cientos de caras sonrientes y espectantes de los lectores y decidí que no miraría a los responsables del V Cuerpo del Ejército. No podía llevar un escrito pero podía preparar un relato que diera cuenta real de lo terrible que es crecer en la incertidumbre. Al sentarme en el banco de los testigos, más memoria y más literatura fueron mis estrategias. La palabra poética tiene una fuerza y una penetrancia que la hacen infalible. La literatura se hizo aún más presente cuando, al terminar mi relato y dar por finalizada esa jornada inolvidable, encontré en la puerta a un grupo de amigos de mi padre. Todos ellos tenían mi novela.
Hace pocos días, los fiscales cerraron su alegato con un fragmento de Julio Cortázar. La poesía es llave y es cerradura. La Justicia la necesita cuando las palabras jurídicas ya no alcanzan.

No sé si es porque soy muy consciente de que podría haber perdido mi identidad, o porque mamé incertidumbre durante tantos años o porque supe engañar los vacíos con escritos, como dice Duras, pero estoy convencida de que vivir la realidad, el día a día, sin olvidar quienes somos, nuestra historia y leyendo literatura que cale profundo dentro de nosotros, lleva a una sociedad con mejor escucha, con mayor capacidad para construir significados sin perder de vista el sentido que subyace por detrás. Más memoria y más literatura para formar ciudadanos más atentos. Mantener viva la memoria sin estar en el pasado, haciéndonos presentes. Más pasión y mayor compromiso en nuestro trabajo, para buscar el modo de que aquello que queremos contar se trence en el latir de la sangre de nuestros lectores. Intentar respirar con ellos, a su ritmo, para sembrar en ellos más memoria y más literatura.

3.6.12

Esto es lo que leí en el 1er encuentro de escritores e ilustradores de literatura infantil que se realizó durante la 12° Feria del libro infantil y juvenil en Montevideo, Uruguay.



De princesas, interioridades y otras reflexiones globalizadas
Leo hoy, hablo, desde mi yo lectora. Hablo siendo una lectora que escribe y edita.
Desde ese lugar.
Voy a comenzar compartiendo la letra de las estrofas finales de una canción:
Armenios naturalizados en Chile buscan a sus familiares en Etiopía.
Casas prefabricadas canadienses hechas con madera colombiana.
Multinacionales japonesas instalan empresas en Hong-Kong y producen con materia prima brasilera para competir en el mercado americano.
Literatura griega adaptada para niños chinos de la Comunidad Europea.
Relojes suizos falsificados en Paraguay vendidos por camellos en el barrio mejicano de Los Ángeles.
Turista francesa fotografiada semidesnuda con su novio árabe en el barrio de Chueca.

Pilas americanas alimentan electrodomésticos ingleses en Nueva Guinea.
Gasolina árabe alimenta automóviles americanos en África del Sur.
Pizza italiana alimenta italianos en Italia.
Niños iraquíes huídos de la guerra no obtienen visa en el consulado americano de Egipto para entrar en Disneylandia.

Quizás ya sepan que la canción se llama Disneylandia y es de Jorge Drexler.
La tomo no solo porque da cuenta del intenso tráfico cultural y social que existe en este momento sino porque termina donde deseo comenzar.
Un sector de los libros que hoy se producen no nos piensan lectores sino consumidores. Y los consumidores no tenemos edad, tenemos intereses finamente estudiados. Yo pertenezco al grupo de interés catalogado como “mujer de entre 30 y 45 años, casada, madre de niños en escolaridad primaria, estudios universitarios completos que trabaja en forma independiente”. Pero hoy me enfocaré en otro grupo de consumidores, más amplio y muchísimo más potente: los niños, las niñas y los jóvenes. Esos seres que los empresarios y publicistas saben tan permeables a los estímulos, tan maleables a los juicios de valor de su grupo de pertenencia, tan fáciles de manipular.
El mundo adulto los hace boyar en el ya intranquilo mar que navegan, entre el “ser consumidor”, el “ser ciudadano” y “el ser”, a secas. Nosotros, intermediarios culturales, hombres y mujeres que ya atravesamos ese mar y andamos boyando, también intranquilos, por otros lugares; ¿qué podemos hacer para sosegar las aguas de nuestros niños y dar cauce a rumbos más serenos?
Dejo planteada la cuestión y sigo adelante.
Todos, grandes y chicos, estamos inmersos en un sistema cultural globalizado. La aceptación hoy viene de la mano del consumo de ciertas mercancías culturales y de las otras. En tanto y en cuanto los niños o sus padres, consuman tal o cual producto, serán parte de aquello que los cautiva. Es difícil cambiar las reglas que impone el juego. Incluso tomarse un tiempo para pensar en esto es difícil.
Los niños y los jóvenes observan y absorben, dando luego predominancia al modelo que mejor los acoja, el que les permita ser aceptado no solo por el mundo adulto sino, sobre todo, por sus pares. No siempre eligen como esperamos y hay quienes se molestan por eso. Pero ¿por qué pensar que esa elección intuitiva que hacen no les permitirá adaptarse mejor a la sociedad en la que vivirán su adultez? Digo, pensando en lo mucho que nos cuesta apartarnos de los canales de consumo, quizás de ellos surja el modo más apto para vivir mejor dentro del mundo globalizado.
Adaptación. Esa viene siendo una palabra clave en todas las etapas de la historia de la vida.

Y aquí vuelvo a Disneylandia. Quiero contarles algo que me pasó como madre resignada de una niña que adora a las princesas Disney, en donde encuentro un ejemplo de dos aspectos opuestos de la cultura globalizadora:
Hace unos años el grupo Disney adaptó otro cuento clásico de los Hermanos Grimm: Rapunzel. Hicieron una película que titularon Enredados. La versión Disney de la historia me pareció muy interesante pues la princesa, privada de su identidad desde el nacimiento, es capaz de recobrarla haciendo memoria, buceando en el recuerdo de un móvil colgado de su cuna que giraba ante sus ojos (un recuerdo sin lenguaje). Que una joven atesore en su memoria el relato de su origen y logre que vuelva al presente gracias al arte y se enfrente a su captora y retorne a su casa, a su identidad, me parece una herramienta muy valiosa para nuestros pueblos, tanto el argentino como el uruguayo, también el chileno, el brasilero y otros de Latinoamérica, países donde aún estamos buscando personas que viven con identidades impuestas por sus apropiadores. Una herramienta con el sello Disney, además, que nos garantiza aceptación inmediata por parte de niñas y niños, potenciales hijos de las personas que buscamos.
Poco tiempo después me enteré por los medios que la Rapunzel de Enredados había sido coronada en Londres como la décima princesa de Disney World.
Antes de seguir, debo contarles el final de la película: para salvar a Rapunzel, su compañero -que no es un príncipe azul- corta su mágica y larguísima cabellera con un pedazo de espejo. El pelo se vuelve castaño y la princesa puede liberarse para siempre de su apropiadora.
Claro que, en la coronación de Rapunzel en el Palacio de Kesington, la actriz que la representaba lucía aún su larga trenza rubia... Cenicienta estaba con su traje de princesa, Aurora, Tiana y Bella también, Blancanieves, Jazmín, Mulán, Pocahontas, Ariel... Ya todas en su estatus monárquico reconquistado, con el aspecto que tienen en los párrafos finales de sus historias. Menos la recién llegada. ¿Por qué? Si cuando Rapunzel vuelve a casa, recobra su identidad, tiene el pelo corto y castaño
Pero en la factoría Disney, en los productos del merchandasing, en la imagen de tapa de los libros, la Rapunzel que se reafirma es la que aún no se encuentra a sí misma, es la que vive con una libertad restringida, es la que aún sufre sus pérdidas. Es la desmemoriada, la enredada.

Lo que entiendo como enriquecedor de la cultura globalizadora es que nos acerca herramientas que podríamos usar para nuestros objetivos precisos, productos manufacturados en otros países, ocupados en problemáticas diferentes, que nos aportan elementos que podríamos poner en discusión, aprovechar para conversar sobre nuestra realidad.
Lo que entiendo como empobrecedor es que nos acerca herramientas digeridas por estómagos nada inocentes, que desdibujan los rasgos sociales que nos dan identidad como pueblo y, como los canales de difusión suelen ser masivos, quien no consume esos productos queda afuera. Hay un desprecio latente por aquel niño o joven que elige no dejarse cubrir por el manto globalizador.
La penetración de las culturas occidentales del primer mundo, eso que muchos analistas económicos llaman McWorld, es un hecho. Como educadores no podremos evitar que siga sucediendo. Lo que sí podemos, y aquí vuelvo a esto de formar ciudadanos lectores, es plantar preguntas, esperando que de esa siembra colectemos muchas más preguntas. Es difícil lidiar con una niña, con un niño, con un joven, que nos pregunte de todo. Es difícil ser coherentes, mantener nuestra condición de adultos, de padres, de docentes, al tiempo que dejamos ver nuestras dudas como seres sociales. Es difícil decir “no sé”. Más cuando pareciera tan fácil acceder al conocimiento. Pero a mi me parece que el mostrar que no sabemos, que seguimos aprendiendo, el hacernos cargo de nuestras contradicciones (esas que surgen de confrontar el ser ciudadano con el ser consumidor) invita al niño, a la niña, al joven a pensar. Dudar en voz alta invita a la participación.

Leer literatura, como yo la entiendo, nos saca de la pasividad. En los libros de literatura para niños que recibimos de otros países de habla castellana, las palabras locales, que nos suenan extrañas, dan pie a reconocer que han sido escritos por personas que no viven en el mismo lugar que nosotros. Y eso está muy bien. Que se noten los sitios donde se han originado las obras es preferible a ese castellano neutralizado que sí, acorta distancias, pero de algún modo pre digiere la información y evita las preguntas.
La cultura globalizadora, como decía, aplana las particularidades regionales, como una manta opaca y gruesa en la que podemos adivinar que hay formas por debajo pero ninguna se atreve a romper el tejido, porque de lo que se trata es de ser parte integrante de él.
Hay quienes dicen que el “pensar, luego existir” de Descartes en estas épocas de globalización ha sido reemplazado por el “comunicar, luego existir”.
Para mí el arte nace de una inquietud personal, de una búsqueda precisa y particular, tan local que no tiene punto fijo de referencia pues se mueve con el artista y lo que el artista ha tomado del mundo y de su cultura. En el arte existe un pensar que es intrínseco al proceso y que, por eso mismo, escapa de lo que entendemos como globalización. Hay una reflexión por parte del autor de tal o cual obra. Hay sustancia que nos permite situar esa obra dentro de un contexto social y político. Aún cuando se trate de un juego de metáforas o de un mundo de fantasía. La literatura en cuanto obra de arte puede fluir y ser tomada por cualquier humano sensible dentro de las culturas globalizadoras. No importan los lugares geográficos ni las franjas etáreas. Cada cual tomará del texto literario eso que le resuene dentro, se aferrará a eso que lo conmovió. Claro que, quizás, las particularidades que le dan identidad resulten difíciles de digerir a lectores “consumidores”, pasivos.
De lo que se trata es de educar seres capaces de reconocerse parte de un mundo interconectado pero también de interpelar las diferencias entre sí mismos y eso que el mundo les ofrece como molde. Este fenómeno del que somos partícipes es una gran oportunidad. La literatura nos da la posibilidad de romper con esos moldes que la cultura globalizadora presenta como “los mejores”. Leer literatura posibilita la conexión del lector consigo mismo, la búsqueda de sí. Ese encantador tiempo dilatado que nos regala la lectura entre las líneas escritas, esos breves pero continuos espacios en blanco que separan las palabras y continúan más allá de los puntos, que unen un verso con otro, un capítulo con otro, que pueden llevarnos a leer hasta el colofón y la contratapa y volver a girar el libro para abrirlo nuevamente en su portadilla. En esos momentos a solas está, para mí, la clave.
Y si logramos que nuestros lectores aprendan a resistir (hoy las avalanchas globalizadoras; mañana quién sabe qué), estamos en camino de formar ciudadanos críticos, capaces de poner en cuestión aquello que se les intente imponer, capaces de adaptarse tomando lo mejor de este espeso tejido global que ya nos ha cubierto, del que ya somos parte.

Respecto a mi ser escritora, cuando de ficción se trata, no me preocupa el manto de la globalización pues, como dije antes, la literatura como yo la entiendo proviene de inquietudes muy íntimas que sí, se servirán de elementos que esta cultura me brinda pero apelarán siempre a otra cosa, una cosa sin forma, no visible, latente, que se deja intuir, a la que me puedo acercar solo si encuentro las palabras justas. Mi compromiso es caminar buscando el cómo contar, el término que me da nuevo empuje, esa tuerquita faltante en el engranaje poético que de pronto veo extraviada entre las grietas de algún recodo. No hay globalización en esta mínima búsqueda. Solo estamos el lenguaje y yo.

11.5.12

Tertulias de lectura (o en qué se transforman los premios en cuanto objetos)



Es un niño atento, marcando con sus deditos de bronce el renglón que lee. Sentado y concentrado, premio reciente que me otorgó la Fundación SM por escribir Una casa de secretos.
Ella, una joven de porcelana fría. Bahiense. Paciente. Hace años espera que alguien le lea. El premio de los chicos del Nacional de Bahia Blanca, esos que estaban dispuestos a todo con tal de que viajara a charlar de El mar y la serpiente. Los mismos que años más tarde publicaron un libro sobre sus compañeros desaparecidos. Lectores que decidieron hacer de la memoria un acto. La joven mira hacia arriba y escucha.
Se encontraron en la zona diestra de mi escritorio.
También hay una cabeza portasaumerios que hice una tarde distraída en el taller de mi madre y que luego pinté, ya no tan distraída, de rojo y negro Stendhal. Un hombre pelado de expresión sorprendida permanente, que estira el cuello. ¿Será que el niño lee en voz baja?
No falta una planta (nunca ha de faltar) que busca el sol. Ni una casita de la artista Claudia Toro donde refugiarme. Ambas me recuerdan que para hallar la escritura que me gusta hay que bucear en lo abierto de Rilke, en lo arriesgado de Heidegger. En eso que somos y es inasible pero indispensable, en ese oxígeno.
Y la rata en movimiento que dicen que soy, según la astrología china y los saberes familiares. Rata de laboratorio. Rata de biblioteca. Rata de agua. Comedora de papeles, dulces, agrios o salados. Siempre inquieta adentro, hirviendo adentro, haciéndose preguntas, preguntas, preguntas.
Ellos leen el libro interno que yo busco. Miré, pero no hay palabras grabadas en el bronce. Que bueno que no hay.
Así sigo buscando.