7.5.16

Dolor, doloris

 (Dolor, del latín dolere: sufrir, y en su origen, ser golpeado)

Hace un par de semanas decidí dejar las redes sociales por un tiempo. Un dolor punzante me cerraba el estómago cada vez que recorría los muros con las noticias recientes.
Si no era por las denuncias de una chica desaparecida o hallada muerta, era por las repercusiones de un anuncio político que me llevaba con la velocidad de la sangre a revivir una caminata que hicimos una noche por las cuadras de nuestro barrio, allá por diciembre de 2001.
Una caminata para menguar la angustia, para no sentirnos paralizados en la madrugada, esos impulsos que tiene el amor, de tomarse de la mano y salir a andar, a ver si la incertidumbre cede.
No tenía hijos en esos años. No sabía nada de lo que sufrió mi padre en su último día, ni siquiera tenía la ilusión de encontrar sus restos. No me animaba a largar el trabajo para escribir, dedicarme a esto era una utopía.
Desde diciembre pasado, algunos párrafos de los muros del Facebook me llenaron de mocos la nariz como el humo de las llantas quemándose aquella noche de 2001. Otros fueron ecos de los ecos de los sonidos de los sollozos y de los gritos que también escuchamos en aquella caminata.
Y lo escribo en pasado sólo porque ya no estoy leyéndolos a diario, pero con la certeza de que la indignación por un lado -y la indiferencia y la negación por otro- continúan y continuarán.  
Cambalache, ni más ni menos.
Me dije una tarde que tanto dolor me estaba debilitando y que tengo dos hijos que cuidar. Y también mi escritura es un brote que tengo que cuidar. Cuidar como se cuidan las plantas jóvenes de la escarcha. Hoy intento ser esa "capa impermeable" que mi abuela me enseñó a poner con cuidado, para abrigar sin ahogar, para proteger sin impedirles crecer. Una capa que impide que el frío entre de golpe y congele, pero que permite que la palabra circule, que el oxígeno llegue, que la vida siga encendida.

Hace un rato leí en Página/12 que otro eslabón más de la cadena de búsqueda de los nietos se está quebrando y entró el dolor en mí con la potencia de una trompada en la panza.
Leí que es una medida ordenada por la misma mujer que estuvo de acuerdo en que a nuestros viejos les rebajaran la jubilación, entre tantas medidas irrespetuosas por los derechos humanos que tomó durante su carrera política.
En los otros diarios ni mencionan su decisión de "desarticular" la dirección de derechos humanos del Ministerio de Seguridad.
Y entonces me vuelve a la memoria una escena vivida hace pocos años en un pueblo sojero de Santa Fe -Bigand, si la memoria no me falla- al que fuimos a presentar el libro "Quien soy" con Mario Méndez e Irene Singer, de la mano del sindicato de docentes de Casilda. Allí una profesora nos preguntó para qué le iba a servir a una persona de cuarenta años, con la vida hecha, con familia propia, saber su identidad biológica. Muchos adolescentes aplaudieron, no sé si apoyando lo dicho por su profe para complacerla o porque pensaban lo mismo. Yo intenté explicar el sentido que para mí tiene saber quien soy, pero sé que las palabras no significan igual para todas las personas. Sé que la escucha es subjetiva. Sé que escuchar al otro cuesta esfuerzo, y poca gente se toma con gusto ese esfuerzo.
No creo haber logrado nada en esos oídos que aplaudieron. Patricia Bullrich también debe pensar como esa oscura profesora. Y yo lo lamento tanto. Lo lamento tanto.
No solo lo lamento porque las Abuelas merecen encontrar a sus nietos para mimarlos y para entregarles sus recuerdos. No es solo porque de la impunidad no nace un crecimiento social, porque todos merecemos que la impunidad termine. Por supuesto que no lograr justicia duele.
Pero sobre todo lamento estas decisiones políticas por las personas a las que se les obstaculiza la posibilidad de dudar y de nadar contra corriente para hallar su calma, para resolver esas incertidumbres que les rondan siempre que se sientan a comer "en familia" y algo, allá lejitos, -apenas llama de vela en medio de un desierto a oscuras- les dice que no pertenecen a ese lugar. Por esas personas que tienen, sí, cuarenta años -o casi- y que tal vez tengan hijos que también merecen saber quiénes son, yo lamento profundamente lo que está pasando hoy.
Ojalá, aunque se esfuercen en romper la cadena que paso a paso Abuelas, Hijos y Familiares fuimos construyendo durante treinta y tres años de democracia, estos políticos no logren apagar esas preguntas.
Somos muchos los que queremos encontrarlos.
Somos muchos los que arrimaremos las emociones para que las dudas sigan encendiéndose, para que los encuentros no se apaguen nunca más.



23.10.15

De plantas, bisabuela y flores

En la adolescencia descubrí que los ramos de flores me dan tristeza. Me encantan, en su estallido de colores, de formas, de aromas... pero me dan tristeza.

He cortado flores muchas veces. He recibido flores cortadas muchísimas más. Hay ramos de una sofisticación encantadora, de un salvajismo invitador, hay flores solitarias que quitan el aire de tan bellas, pero siempre, siempre, siempre, la visión de sus tallos cortados al bisel me hace sentir una punzada en el estómago. Quiero correr a mi casa a ponerlas en agua, como una enfermera que sabe que la paciente necesita una vía con suero azucarado ya mismo.
Lo disimulo muy bien cada vez que recibo un ramo de flores, porque sé del espíritu con que se regalan, sé del cariño, de las ganas de halagar, de festejar, me han dicho varias veces eso de una flor para otra flor y mi agradecimiento es genuino, pero detrás de la sonrisa que me nace, créanme que no la estoy pasando bien al demorar tanto en volver a casa y aliviar las flores que pusieron bajo mi tutela.

Vendrá de la infancia, digo yo, esa secuencia vivida como desgarradora, de tijeretazo, sangrado silencioso y separación de la planta. No sé. Es posible. Quizás tenga que ver con mi bisabuela.

Mis abuelos maternos tenían un pequeño jardín en la entrada de su casa. Allí mi abuelita Luisa criaba sus rosales, su santa rita, su jazmín, su dama de la noche, su margarita. Eran plantas siempre prolijas, podadas a tiempo, que lucían sus flores, que atraían insectos, que llenaban la esquina de perfume.
Mi bisabuela tenía manos verdes, voz terrosa y ojos duros. Su sangre era mitad mapuche, mitad española. En las tardes de verano en Bahía Blanca andaba con ella muchas horas del día, sobre todo cuando se iba a revisar las plantas. Ella me enseñó que las flores existen para que las plantas se reproduzcan en muchos lugares. Me convidaba perejil arrancado, picante y fresco como un desafío.

La abuela Luisa era silenciosa y rara vez sonreía, sin embargo se sentía muy claro que le gustaba que yo le anduviera alrededor como abeja en búsqueda de su dulzura escondida. Observar y aprender. Coser, amasar, hacer brotar plantas desde la semilla. Si me portaba bien, había un gran premio: quedarme en la cocina cuando se encerraba, para abrir con ella las puertas de las jaulas de sus pájaros, escucharla silbar a coro con ellos, ver cómo se le paraban en la cabeza y comían alpiste directo de la palma de sus manos.
Con un silbido único, les decía a sus pájaros después de un rato que era hora de volver a la jaula. Y ellos le obedecían. Nunca me quiso decir cómo había aprendido eso. Se llevó esa sabiduría, esos secretos que quién sabe qué significarían para ella.
En esos ratos de cantos compartidos con los pájaros, en la tibieza de la cocina, mi bisabuela rejuvenecía treinta años, cuarenta, y afloraban las historias de su infancia. Se daba pocas veces. Historias tesoro. Me siento privilegiada por haberla escuchado en esos momentos, por haberla disfrutado. Sus relatos eran como flores abriéndose sólo para mí.

Mi abuelita Luisa murió cuando yo era adolescente y descubrí que las flores cortadas me dan tristeza. Desde entonces, cada vez que una planta llega a mis manos siento que lo que hay de ella en mí, aflora.

Yo no tengo la voz terrosa, tampoco los ojos duros.
Pero me gusta creer que heredé, al menos en parte, sus manos verdes.




10.8.15

Esto es lo que leí en el Archivo Provincial de la Memoria de Córdoba el 7 de agosto de 2015


Quiero hablar de la incertidumbre.
Lo incierto.
Lo que nadie puede asegurarnos. Lo que “no se sabe”.
Porque además de memoria siempreviva, marcas identitarias y necesidad de justicia, nuestra vida de familiares de desaparecidos queda marcada por la incertidumbre.
Todo aquel que ha sido herido emocionalmente en los primeros años de vida me entenderá perfectamente. Se les miente mucho a los niños. Se les oculta y no se les escucha. Aún con las mejores intenciones, cuando un adulto oculta la verdad, siembra en el niño una interrogación.
La pregunta va creciendo a modo de enredadera por el cuerpo. ¿Cuál pregunta? La que está detrás de todas, la que nos define, la que nos planta en la vida. Adherida a la piel, la incertidumbre se funde en la piel. Toma forma en las manos y en los ojos.
Tanta es la pregunta que no puede ser dicha. Habitamos nuestra profunda incertidumbre. No hablamos de ella. El silencio dice más.
Comenzamos a creernos historias que nos permiten rellenar “lo que no se sabe”. Esa ríspida blancura va llenándose de signos. ¿Cómo se fue? ¿Qué pensó en tal momento? ¿Qué le hicieron? ¿Y yo? ¿Qué hicieron conmigo? ¿Dónde quedé situada yo en el recuerdo?
Dice el protagonista de Clarice Lispector en Un soplo de vida: “para escribir tengo que colocarme en el vacío. Es en este vacío que existo intuitivamente. Pero es un vacío terriblemente peligroso: de él extraigo sangre. Soy un escritor que le tiene miedo a la trampa de las palabras: las palabras que digo esconden otras -¿cuáles? Quizás las diga. Escribir es una piedra lanzada en el pozo hondo.”
Si, me digo. Es en lo incierto cuando me siento más cerca de quien yo soy.
Somos cuando nos atrevemos a mirarnos en ese vacío.
Somos cuando hacemos aquello que tomó forma de piedra lanzada.
Somos plenamente esas pocas veces en que logramos mirar tan lejos y tan dentro de nosotros.
El resto del tiempo la memoria abriga, como una manta cosida entre tantas manos y tantas voces, un tejido de hilos rotos y anudados, cúmulo de arrullos, anécdotas, recuerdos vueltos a anudar tanto como haga falta para cubrir la piel que pregunta, el cuerpo asomado al vacío.
La memoria siempre está viva y tibia, los relatos abrazan y contienen, se trate de historias vividas, escuchadas, inventadas, observadas. En su refugio, en su sujetarnos, nos preparamos para cuando llegue otra vez el momento de lanzar la piedra al pozo.
Y esa piedra, ese escribir que intenta comprender y responder aquello que nos inquieta y perturba, no se siente mentira. De hecho, esa búsqueda vacilante es lo que le da sentido a todo lo que no encuentra sitio dentro de una.
Escribir (en mi caso es escribir, en otros será esculpir, componer, cocinar, pintar) permite hilar una cuerda que luego se sumará a lo recordado pero que, mientras es presente, nos permite sujetarnos a la palabra y asomarnos al vacío, ir descendiendo por ahí, vivir lo oscuro, lo monstruoso, lo salvaje, lo bello, lo indecible, y volver.
Termino con la palabra de Helene Cixous: “Escribir: para no dejarle el lugar al muerto, para hacer retroceder al olvido, para no dejarse sorprender jamás por el abismo. Para no resignarse ni consolarse nunca, para no volverse nunca hacia la pared en la cama y dormirse como si nada hubiera pasado.”

Córdoba. Entre dos océanos, cerca de mi corazón

Fui a Córdoba por primera vez unos días de verano, hace ya varios años, en 2006 o 2007, ya no me acuerdo bien, a compartir tiempo con mi amiga Laura, para conocernos más.
Años más tarde, con Laura de puente, conocí a otra mujer que hoy es imprescindible para mí: María Teresa Andruetto. Y no puedo no pensar en Sergio Aguirre, en Susana Allori, esos amigos tan queridos que me hacen reír como poca gente.
A partir de entonces, no dejo de pisar Córdoba todos los años. A veces una vez, a veces dos. Ver sus sierras y sus ríos se me hizo costumbre linda. Tan linda como ver los ojos pícaros de Laura chispear en nuestras conversaciones de horas, sentir los abrazos cálidos de la Tere y compartir madrugadas de charlas con ellas y con Sergio, con Susana, con la gente del CEDILIJ, con todos los amigos que voy haciendo en cada viaje.
Esta vez fue muy especial.
Viajé convocada por Ceci Malem, Silvia, Patri, Flor, Gloria -el equipo a pleno del Plan Nacional de Lectura en Córdoba-, para ser parte de un ciclo de Literatura y Memoria: una conversación a dúo con ella, la Tere. Y eso ya era algo que me llenaba de emoción. Pero mis últimos dos días fueron tanto más que esa emoción! porque tenía programados otros tres encuentros por el Plan y un almuerzo y una cena con amigas. Encuentros de mujeres, donde corren las confidencias y las lecturas.

Lo sucedido en las escuelas me lo guardo y lo atesoro. Los encuentros con lectores jóvenes siempre sorprenden (relatar estos me obligaría moralmente a relatar cada uno y prefiero no caer en esa demanda, no se ofendan). Lo pasamos muy pero muy bien.
Acá, con los chicos del IPEM Roma

Me conmovió profundamente la reunión en el ISFD Renee Trettel, desde el abrazo de bienvenida de la profe Paula Basel y los mates y las tortas, hasta los testimonios tan honestos de Pamela y de Natalia, dos estudiantes del profesorado, pasando por las opiniones y las preguntas de todas las personas presentes, que quedaron flotando al finalizar el encuentro. Me fui, diría, envalentonada, para encarar lo próximo convencida de que tengo que seguir mi intuición.

Acá estoy en el Instituto Superior de Formación Docente "Renee Trettel"

Al día siguiente, por la tarde/noche, llegó el encuentro en el Archivo Provincial de la Memoria. No lo conocía. Tuve en Roberto un guía de lujo, que me contó cómo fue que se construyó. Como cada vez, cada rostro me devuelve el rostro de mi papá y también el de mamá. Y me armo de una coraza para no quebrarme: me digo que estoy ahí, que ellos merecen mi alegría, mi respeto, mi búsqueda de la felicidad. La sorpresa fue que entre tanto rostro de padres y madres, en una pantalla me topé con la artista Natalia Colón hablando desde una pantalla. La noche anterior había pasado una cena hermosa con ella. Recordar lo compartido me dio empuje. Faltaba poco para la charla. Pero aún restaba saludar a Sonia Torres, mamá de Silvina Parodi, abuela de un nieto que nos falta a todos.
Ella llegó con un Sin rueditas en una bolsa transparente. No nos conocíamos. Yo la abracé como a cada Abuela, con admiración y timidez, con tanto para decir y la garganta tan cerrada, con una sonrisa, la más grande que tuve, para decirle gracias.
De la conversación en el ciclo me acuerdo poco, pero sé que aprendí mucho. La voz de Tere y su modo de contarnos la búsqueda de la voz narradora en su cuento del Quien soy, su lectura de los discursos que escucha, sus preguntas. ¡Es tan sólida y coherente en su pensamiento! Pero en algo no acordaba y le hice caso y se lo conté, se lo pregunté. Horas antes ella misma me había animado a dejar expresada mi postura como autora. Nunca me había atrevido, pero su generosidad abre puertas y ventanas, y escucharla es crecer.

 Acá estamos conversando como si no hubiera nadie más.

Al finalizar Sonia me pidió que le regalara el papel donde llevaba escrito lo que leí para abrir el encuentro. Me emocionó ese gesto y también que me pidiera que dedicara el Sin rueditas a su bisnieta. Pensé en los lazos que propician los libros y en los que generan los encuentros.
La felicidad apareció en los abrazos, en las sonrisas, en la vista de mi Mar al lado del Stéfano, de mi Chica al lado de Los manchados, en la presencia de mi amiga Laura dando cuerpo y mostrándome que todo lo que estaba pasando allí estaba pasando, en el profundo respeto por la palabra, por la escucha, por lo que sentimos y por lo que siente el otro, en la fuerza de Sonia, en su esperanza.

 Con todo el equipo del Plan y de Abuelas que hace posible el ciclo de Literatura y memoria


Para marcar mi rumbo próximo, las palabras del poeta cordobés Alexis Comamala:
                    Conseguir un mapa del aire
                    una malla indeleble
                    un compás de estrellas
                    una trama de arañas

                    zarpar con un viento que nos arrase


11.7.15

La felicidad (ja jaja ja). Revisando mi propio pensamiento



“Un buen día una se despierta y estrena algunas preguntas:
¿Cuál es la palabra propia? ¿La que digo para mí o la que tengo
que decir para algunos interlocutores? ¿Tengo, tenemos, dobles discursos?”
Laura Devetach
Oficio de palabrera

En una entrevista que respondí hace pocos días a la periodista Karina Micheletto, a raíz de mi novela La chica pájaro, terminaba haciendo una reflexión sobre lo que entiendo, lo que voy descubriendo, acerca de la felicidad. Ahí dije:
“Creo que la palabra “felicidad” tiene una carga de imposibilidad muy fuerte en la sociedad actual, particularmente para las mujeres. Y me parece que hay que animarse a sentir lo simple como felicidad. Porque la definición se refiere a la satisfacción plena, ¿y qué significa “satisfacción plena” en cada circunstancia? ¿Puedo sentirme plenamente satisfecha cargando esta historia que me tocó, sabiendo que por delante tengo muchos momentos oscuros por atravesar? Y... es muy subjetivo. Yo pienso que sí. Quise que la novela terminara con Mara sintiendo eso que para mí es felicidad: una “satisfacción plena” menos ambiciosa, menos rutilante. Pero igual de valiosa.

Las entrevistas son difíciles de responder para mí. No logro relajarme ni aunque sean por mail (mucho menos si son “en vivo”, con un aparatito entre quien me entrevista y yo). Cuando leo mis respuestas siento que cargan una rigurosidad que no muestra cómo pienso yo las cosas, siempre más en acuarela que en marcador color. Por cada respuesta tengo, luego, en los días posteriores, muchos otros pensamientos que logran acercarse más a lo que siento, que se acercan mejor al punto al que quiero llegar, capas acuosas que van aportando color, textura, definición. Por eso, aprovecho este espacio para retomar lo dicho y revisarlo y decirlo de otro modo.

Entonces, "la felicidad", ¿qué es eso? Ahí voy.

En su libro de crónicas Revelación de un mundo, Clarice Lispector se pregunta:
¿Y qué hago? ¿Qué hago con la felicidad? ¿Qué hago con esta paz extraña y aguda, que ya está empezando a dolerme como una angustia, como un gran silencio? ¿A quién le doy mi felicidad, que ya está empezando a lastimarme un poco y me asusta?”.
Y en otro lugar del mismo libro se responde:
El estado de gracia es como si viniera tan sólo para que se sepa que realmente se existe. En ese estado, además de la tranquila felicidad que irradia de personas y cosas, hay una lucidez que sólo puedo llamar leve, porque en la gracia todo es tan, tan leve. Es la lucidez de quien no adivina más: sin esfuerzo, sabe. Solo eso: sabe. No pregunten qué, porque solo puedo responder del mismo modo infantil: sin esfuerzo, se sabe”.
Me gusta mucho esto del "estado de gracia". Coincido con que lleva a un pensar simple que solo se logra en lo profundo, en la infancia.
Mientras escribía Una casa de secretos pensé mucho en qué felicidad podía sentir Odile, qué felicidad podía sentir Charlotte, cuánto de eso estaba volcado dentro de la casita de muñecas, dentro del arte que esa casita representa, escondido ahí porque no podía ser "mostrado en sociedad". También lo pensé mientras escribía los cuentos Manuel no es Superman y Justicia. ¿Qué significa “ser feliz” cuando se ha sufrido tanta violencia? 
Fue una pregunta central al componer La chica pájaro.
La felicidad/La violencia. Ahí me metí. En medio de ese dúo peligroso.
La pregunta sobre la definición de felicidad se hizo presente muchas veces: ¿qué entendemos por “satisfacción plena”?, ¿cuánto de la satisfacción plena tiene que ver con el reconocimiento del otro, con complacer a otro?
Creo que la felicidad que intentan -y en muchos momentos de la vida, logran- instalar desde el mainstream es una construcción ficcional que lentamente -a fuerza de mareas de smiles, letras de canciones y sonrisas de dientes perlados- va alejándonos de quienes somos pues nos confunde, nos marea, nos inunda con ajenidades que nos llevan a desear ser quien nunca llegaremos a ser. Conflictuándonos con nuestro aspecto exterior y también con nuestras reacciones, elecciones y conductas. ¿Me tiene que gustar cocinar? ¿Siempre tengo que ser simpática? ¿Me tiene que gustar la lencería con encajes? ¿Mi felicidad tiene que adaptarse a la foto de una persona que salta con los brazos abiertos en un campo de margaritas o en un atardecer playero?
Y así, buscar ser feliz muta a intentar ser como un otro -gigante, colectivo, monstruoso- quiere que sea, a lograr el reconocimiento de ese otro, de esos otros. La felicidad ya no pasa por descubrir quien esencialmente soy, quien estoy siendo, quien quiero ser.
Y qué difícil enunciar eso porque ¿alguna vez llegamos a saber quiénes somos? ¿somos de una única manera todos los días? ¿cuánto peso tiene el otro en quien yo soy y en quien yo deseo ser? Uff. Tanto para pensar...

Soy muy consciente de que en la infancia hay poco sobre lo que se puede decidir. Sobre lo importante deciden otros: deciden los adultos. Adultos que muchas veces arrastran a sus niños a realidades horribles. Adultos que quizás son padres por mandato social y no quieren asumirlo. Adultos que ponen a los niños en sitios de decisión que son un espanto, por egoísmo, por miedo, por indiferencia, por perversidad, por lo que sea. Y sin embargo en la infancia encontramos espacios de libertad interior en los cuales se logra ser intensamente feliz. Lugares que son la solución del laberinto, de uno que tiene varias maneras de resolverse. Lugares donde se es quien una quiere ser y nadie nadie nadie puede entrar y ponerse a juzgar y opinar.   (Al crecer a veces sucede que nos encontramos con alguien especial, tan especial que nos atrevemos a confiarle algún lugar de estos. Y qué alegría da cuando esa persona querida, deseada, comprende. Y qué desconcierto cuando no lo aprecia, que sensación profunda de equivocación.)

En concreto, cuando en la entrevista dije “volver a animarse a sentir lo simple como felicidad” me refería a que en esta sociedad pareciera que solo alcanzás la felicidad cuando sos como los otros quieren, cuando logras eso. Y yo creo que en verdad se llega a esos momentos plenos cuando te acercás a quien vos sos, cuando lográs recuperar la costumbre de visitar esos lugares interiores de libertad que son tan particulares como intransferibles. Me parece que te acercás cuando revisitás “la historia que te tocó”, te preguntás acerca de ella y encontrás que aún en esos tiempos hubo momentos en los que te sentiste bien. ¿Cuáles fueron esos momentos? Ya en esa respuesta habrá detalles que te acercarán a vos. Detalles que importan y que hay que observar para avanzar por las calles angostas del laberinto.
Me parece, y esto es tan subjetivo que cuesta escribirlo pues se lee como certeza cuando es pregunta disfrazada de respuesta, que acercarse a quien una desea ser empieza siempre por algo muy íntimo/simple/cercano/posible, que conduce a lugares tan inciertos como reveladores.
Yo quise que La chica pájaro terminara con Mara en ese camino, el de sentirse satisfecha consigo misma y poder disfrutarlo, haciendo algo tan cotidiano -pero de un modo esencialmente distinto- como mirar su propio rostro en una foto.



27.2.15

Todo me importa un gato. Gollum 1999-2015

Nunca me rasguñó un libro.
Nunca marcó territorio en mis bibliotecas.
Se sentaba sobre las hojas impresas de mis cosas cuando corregía y también sobre mis cuadernos si estaba escribiendo a mano.
Pero no sobre los libros.
Diferenciaba el leer del escribir en lo que a mis señales corporales refería.
Leer y escribir son actividades diferentes, también para un gato.
Ver películas era una gran oportunidad de caricias. 100% de chances de mimos.
Rompió pocas plantas pero tenía debilidad por algunas y había que chistarle para que se alejara de ellas, masticaba yuyos.
Gollum fue el más longevo de mis gatos.
Llegó a nosotros con sus treinta días, su maullido conmovedor de cachorro y sus garras de aguja. Cada vez que pudimos, dormimos juntos la siesta.
Nos bancó todo. Viajes, hijos, mudanzas, sillones retapizados, albañiles, cumpleaños, manías, hasta gatita que vivió poco nos bancó.
Ayer, quince años y medio después de su llegada, decidimos sacrificarlo porque desde los últimos días del año pasado se le iba paralizando el cuerpo. Algo neurológico, algo de la vejez de los gatos.
No nos recibió su maullido cuando entramos y fue tan raro. Traíamos su cuerpo en los brazos y aún así ambos esperamos el saludo.
Es que siempre saludaba al escuchar la llave. De joven se iba hasta la puerta cuando Lolo o yo llegábamos. Y ahí nos maullaba su hola.
Era un gato arisco. Sólo Lolo y yo lo podíamos acariciar, aupar, mimar. A todos los demás los agreteaba, fuera adulto o niño. Cuando llegó el primer bebé lo pusimos desnudo a su altura para que lo oliera y se diera cuenta que era nuestro. Igual lo marcó un día, cuando el bebé se le acercó a toda velocidad gateando. Gato y bebé se asustaron. Gato rasguñó, bebé aulló. Con la segunda hicimos lo mismo y ya no la marcó. Pero estaba claro quien era el mayor en la casa.
No sabemos bien cómo es vivir juntos sin un gato.
Y sabemos que no podremos tener otra mascota por un buen tiempo porque Gollum necesita ocupar su lugar de recuerdo en nosotros. Ni los chicos pidieron que viniera un cachorro.
Anoche esperaba escuchar el sonido del alimento cayendo en su plato, una tarea que Lolo hace desde siempre antes de apagar la luz para irse a dormir.
Hoy me levanté y nadie maulló. Los cuatro nos levantamos más temprano. Ninguno dijo nada y sin embargo.
Cuando enterramos a la Mimi Lolo hizo el pozo y yo miré. Pusimos una planta. Fue en lo de mis suegros.
Ayer el pozo lo hicimos juntos. En casa. Yo puse el cuerpo enroscado y suave de Gollum en el fondo. Lo cubrimos de tierra, de mucha tierra porque el pozo era profundo, y esa visión de las cuatro manos entrando y saliendo de la tierra, borrosa por los ojos mojados, me hizo pensar en cuántas formas tiene el amor.

13.1.15

Ser madre - Once años


El trece de enero de 2004, al promediar la tarde de un día de mucho calor, comencé a sentir las contracciones que anunciaban la llegada de mi hijo. Él llegaba puntual a su cita con el mundo, la fecha probable de parto era, justamente, trece de enero.
Nació antes de la medianoche, hicimos un gran trabajo en equipo. Cuando me lo colocaron en el pecho, levantó su cabecita de tortuga, me miró con los ojos bien abiertos y luego, los cerró.
Sus primeros dos días de vida los vivió con los ojos cerrados. Cagó, meó, mamó, respiró, durmió, se movió, escuchó, lloró, gritó, hizo muecas para fotos, con los ojos cerrados. La única cara que tuvo en su memoria en esos dos días fue la mía.
Ser madre, en mi caso, comienza así.

O no. Comienza antes, cuando me lo pregunté seriamente: ¿quiero tener hijos? ¿una familia que se inicie en mí? ¿dejar de ser dueña única de mi tiempo y que haya infinitas intersecciones con los tiempos de mis hijos? ¿Quiero esa angustia y esa felicidad? ¿Saber cómo son? ¿Vivirlas para siempre?
Quise.

La maternidad es el rol más difícil de los que me tocan vivir. La que más me cuesta. No me sale naturalmente porque la clase de naturalidad que la sociedad exige a las madres es artificial. Responde a modelos utópicos. Intenté seguirlos pero no me hizo bien. Hoy soy la mamá que puedo.
Mis hijos me han visto llorar muchas veces porque no sé qué hacer, cómo hacer, cuándo dejar de hacer. También me vieron festejar sus ocurrencias y las mías. Jugamos y leemos. Pintamos y bailamos. Nos peleamos. Nos detestamos. Hay muchas horas en las que nos dejamos en paz. Porque ellos no me necesitan y yo a ellos tampoco.
En el día de la madre me regalaron dibujos en los que estoy escribiendo. Sola. Con una sonrisa.
Saben que me comparten.


 A veces puse límites y no había que ponerlos. Otras veces los dejé hacer y no había que dejar hacer. A veces cenamos un postre. No se levantan temprano ni se bañan todos los días. Me obsesiona que se laven bien los dientes. Leen hasta la madrugada. Nos sale hacer todo al revés que otras familias. Me amargo muchísimo porque la escuela no les gusta. Si los veo mal por algo o se enferman, hasta que no sé qué está pasando no puedo pensar en otra cosa. Y hay muchos días en que yo estoy metida en mis libros y me excuso porque no puedo maternar otra cosa que a mis historias.

Mi hijo anoche, cuando pasadas las doce le dimos su regalo, se quedó serio. Siguió serio. A la media hora le pregunté qué le pasaba. Me miró de un modo que me recordó nuestra primera mirada, aquella del trece de enero de hace once años. Y me dijo "es que estoy emocionado. No sé. Es que me gusta ser yo".

Y me desperté con la pregunta: ¿Me gusta ser yo? ¿Puedo emocionarme en mi cumple de once años de maternidad por ser quien soy? ¿Festejar lo que soy hoy? ¿La madre que me encuentra hoy en la lluvia de mi ciudad?
 
La maternidad me deja exhausta. Y también pipona.
Es una linda sensación de calma ahora, mediodía, con los chicos aún dormidos, para disfrutar con un par de mates. Especialmente porque sé que dentro de un rato me agarrarán los nervios de los preparativos para la cena de cumple y, por un buen par de horas, estaré a las puteadas.







3.7.14

30 años del EAAF

Mi entrada anterior refiere al mural que hicimos entre muchos para la sede que el Equipo Argentino de Antropología Forense ya tiene en la ex-Esma. Esta es para compartir lo que leí anoche, en el acto que se hizo en la Biblioteca Nacional con motivo del cumpleaños nro 30 de la institución. Fue un gran honor que me eligieran como representante de los familiares. Y una gran alegría que luego me dieran tantos abrazos.


2011. Junio. Hacía frío, estaba con la pava en el fuego cuando sonó el teléfono.
Una voz femenina preguntó por mí. “Soy yo”, contesté. “Mi nombre es Cecilia Ayerdi, soy del Equipo Argentino de Antropología Forense”.
Mientras escuchaba la voz de Cecilia recordé la mañana en el Tornú, allá por 2008, cuando fui a dar mi sangre para que estuviera en el Banco de Datos Genéticos, también la conversación con mi tía paterna para que también aportara la suya y tuve una certeza ganada en los años de bioquímica: si algo malo había pasado con las muestras, sería lo que me diría esa voz a continuación.
Pero no fue eso lo que escuché. Lo que escuché fue que querían que nos reuniéramos en la sede que el Equipo tiene en Plaza Miserere. Me dije que habían encontrado los restos de mi padre. “Bueno, ¿cuándo?”, contesté. “Cuando quieras”.
Quedamos para el jueves 16 de junio a las 14 hs.
Esa charla brevísima, lo que prometía, lo que vendría después, generaron dentro de mí un silencio profundo. Yo estaba convencida de que la restitución, en el caso de mi papá, desaparecido en diciembre del '75, aún en tiempos democráticos, era prácticamente un imposible. Ya el ir a dar sangre lo hice más como un gesto de apoyo al trabajo del Equipo que por una esperanza individual. Ese llamado me decía que era probable que estuviera equivocada.
Me quedé atrapada en ese silencio. No pude contar a nadie de esta reunión. Ni a mi madre, ni a mi compañero. Se formó, dentro de mí, una necesidad casi física de ir sola a escuchar lo que el equipo tenía para contar. Fuera bueno o malo. Escuchar yo sola.
Ese silencio era un nudo que no me animaba a desatar.
Puedo suponer que todos quienes vivieron la previa a esta reunión sintieron ese nudo. Y que las emociones encerradas tras ese nudo son todas diferentes. Yo podía suponer qué iba a sentir, pero la verdad es que no lo sabía. Una nunca puede prepararse para momentos así.
El jueves 16 me recibieron Mariana Segura y Daniel Bustamante. También estaban Cecilia y me presentaron a Patricia Bernardi.
Bueno”, dije yo, cuando nos sentamos, “¿lo encontraron?” y cuando vi en sus caras que sí, que la noticia era esa, el nudo se me hizo sonrisa y se desparramó por mí una alegría tan grande, tan grande, que aún ante los detalles más dífíciles de contar yo no podía dejar de sonreír. Mientras me contaban y yo iba preguntando dónde, cuándo, cómo, por qué y exclamaba “qué increíble, qué terrible” a cada dato, no se me borraba la sonrisa. Mariana y Daniel me miraban, se miraban, sonreían. Estaban alertas, muy atentos a lo que estaba pasando. Tal vez esperando que asomaran las lágrimas, o estallara de algún otro modo pero yo no sentí angustia en ese momento, no sentí nada que llevara al llanto, sentí una alegría difícil de transmitir, como localizada, como si una zona del cuerpo que tenía fría desde hacía 35 años empezara a irradiar calor. Ganas de abrazar, de reír, en fin, lo que sucede cuando uno se reencuentra con quien ama y extrañó tanto tiempo. Les dije algo absurdo que no recuerdo bien, algo como “perdón que no llore pero estoy recontenta”.
Les pregunté todo lo que venía preguntándome desde mis tres años, cuestiones reelaboradas noche tras noche tantos años. Preguntar sin hallar respuestas es lo que, supongo, me llevó a estudiar bioquímica y también, me llevó a escribir. Por fin había respuestas y las voces, ya relajadas, de Mariana y de Daniel, me impulsaban a preguntar más y las respuestas de ellos no se agotaban.
En esa sala de la casa del Equipo se esfuman muchas incertidumbres añosas y toman forma muchas certezas. Me fui con una sonrisa llena y dejé abrazos que esperé transmitieran mejor que las palabras mi agradecimiento.
Busqué un ciber y llamé a mi mamá. Le conté. Se enojó porque había ido sola pero ¡yo estaba tan contenta!, pude explicarle y entendió. A los pocos días volví al EAAF con ella.
Solo cuando tuve mis respuestas, los restos de papá y escuché la sentencia a cadena perpetua en el Juicio al V Cuerpo del Ejército de Bahía Blanca, pude comenzar a despedirme de él.
Comenzó otra etapa de mi vida. Difícil, porque la incertidumbre ya es parte de mi personalidad. Y de pronto, aquellas nebulosas de dudas que venían por la noche, como a otras personas se les aparecen rezos, ya tenían respuestas... Y yo no podía dormir sin mis preguntas.
Los vacíos, que estaban tan bien acomodados que no los sentía, se llenaron. Y molestaban, me sentía como con un cuerpo “chingado” que a veces me apretaba de sisa y otras me pinzaba la espalda. La gran alegría inicial, el alivio que da saber la verdad, fueron dando paso al duelo tan postergado, que no sé si ya terminó de pasar o aún sigue pasándome.
Dejé de ser la hija de un desaparecido para ser la hija de un des-desaparecido, como tan bien definió este estado Martha Dillon. Me sentí y me siento muy afortunada. Mi padre fue uno entre seicientos y contando. Hoy sus cenizas descansan en la Iglesia de la Santa Cruz, bajo una mata de alegrías del hogar que sembramos entre muchos de los que lo quisimos.
Y algo más, otra dimensión de esto: mis hijos vivieron todos mis estados de ánimo durante la restitución y surgieron preguntas. Algunas graciosas, como si podían llevar los huesos del abuelo a la escuela. Otras de mucha ternura, como que ahora podíamos hacerle upa al abuelo. Y otras profundas que me dieron una idea del tamaño de su pérdida. A ellos les falta un abuelo. Les falta el abuelo Daniel. Ellos participaron del entierro de las cenizas y de la sentencia del Juicio al V Cuerpo del Ejército. Ellos ahí, con las manos sucias de tierra cuando sembramos las cenizas. Es un recuerdo muy fuerte.
No voy a decir lo grandioso, profundo e interesantísimo que me parece el trabajo del EAAF, tanto desde lo científico como desde lo poético, porque a ellos no les gusta que se los destaque así. No estoy diciendo nada de eso en estos momentos. Y ustedes no lo están escuchando, por supuesto, pero quiero agradecerle a todo el equipo esa dimensión de la restitución: haber posibilitado que mis hijos crezcan con su abuelo Daniel des-desaparecido. Cuando llegue el momento en que me hagan preguntas al respecto, no habrá incertidumbres.
Gracias por la invitación a hacer público mi afecto, mi agradecimiento y mi profunda admiración. Ojalá sucedan muchas otras restituciones. Ojalá sucedan todas las restituciones. Ojalá encontremos a los que nos faltan.

12.3.14

El mural del EAAF


Para que se den una idea, aquí una composición del mural, chiquito para que entre. Tendrán que ir hasta la ex-ESMA para valorar su tamaño (es bastante grande y eso no se aprecia aquí)Luego del laberinto hay una puerta de doble hoja. El rompecabezas, como ven, funciona a uno y a otro lado de la ventana. El ángulo de cambio de paredes lo llenamos de estrellas para que se "borrara" a la vista. Mis transiciones se ven en la entrada del laberinto, en la aparición de los rayos, en el pasaje por arriba del cielo al fondo amarillo del abrazo y en el pasaje por debajo del abrazo al árbol, con esa enredadera que se hace raíz. La guarda inferior, de agua que fluye, es idea mía pero ahí no puse pinceladas, sí en el árbol de la vida y sus elementos. Un poco en las raíces, bastante en el tronco y mucho en los elementos de la copa. ¡Ojalá les guste tanto como a todos los que lo hicimos!

10.3.14

Mi primer mural y un recuerdo que se acomoda

Fin de semana en la ex-ESMA, junto a unos treinta familiares tan afortunados como yo. Nucleados en la nueva casa del Equipo Argentino de Antropología Forense, para pintar un mural que custodie/proteja/guarde el banco de sangre.
 Con nuestra coordinadora, Claudia Bernardi, pensamos, dibujamos en tiza, reforzamos en marrón clarito y luego  pintamos, pintamos y pintamos, 8 horas el sábado y otro tanto hoy. Paramos apenas un ratito para almorzar. Terminamos, aplaudimos y luego hablamos sobre el recorrido del mural.
El resultado es una secuencia de emociones increíble, colorida, significativa, plurimetafórica que nos representa a todos y a todas.
Árbol de vivencias-laberinto-rompecabezas-historias-rayos y estrellas-abrazos-identidad-justicia social y otro árbol, de sueños y de vida, mucha vida nueva.
Ya subiré imágenes (pintar, pintar y pintar implica no fotografiar, je, pero hay quienes me prometieron fotos dentro de unos días).
Además de la gran experiencia de pintar mi primer mural, compartí historias, turrones, sonrisas, decisiones, berenjenas en escabeche, ideas y tanto más con personas que disfruté conocer, a las que me siento unida por la vivencia profundísima de recuperar los restos de nuestros padres, madres, tíos, tías, hermanos, hermanas, abuelos, abuelas. Gracias Amalia, Camila, Estela, Alicia, Federico, Manuel, Andrea, Ivana, Munú, Rocío, Galatea, Gustavo, Eva, Pilar, Ana, María, Juan, Clarisa, Soledad y tantos otros y otras cuyos nombres se me cruzan con formas y tonos del mural.
Soledad me puso un apodo: "transition woman" porque, -oh, qué cosa- a todos les gustaba mi modo de conectar colores y formas difíciles de unir. Hice enredaderas, flores, aguas, entramados de pinceladas y, junto a varias compañeras, un hermoso, hermoso, hermoso árbol de la vida.
No me di cuenta del paso del tiempo hasta que Claudia dijo que en 20 minutos había que resolver lo poquito que faltaba.
Lo logramos. Lo hicimos.


2.1.14

¡PIN!

Desde octubre de 2013 participo en la revista PIN, que sale mensualmente con Caras y Caretas. Raúl Arcomano, jefe de redacción, me dice el tema unos 10 días antes de la entrega y yo me pongo a pensar. Lo que escribo es el producto de lo que investigo y reflexiono en esos días. No es ficción. Tampoco es divulgación científica. Es... información. Pero no es objetiva: trae consigo un enfoque, un modo, un recorte, una ideología.
Tengo un número máximo de caracteres y una fecha de entrega ajustada. ¡Toda una experiencia periodística! La sección se llama "TemaPIN"
Aquí, las notas que ya salieron. 

Octubre 2013

Noviembre 2013

Diciembre 2013

Enero 2014

25.11.13

¿Qué me pasa con Borges?

Hace poquitos días participé de un encuentro en el CEPA junto a Franco Vaccarini. Él inició su charla comentando cuánto lo marcó su encuentro con Borges. Yo ya conocía la anécdota pero el modo de condensar en pocos trazos el impacto que tuvo en él ese encuentro me hizo pensar en MI relación con la escritura de Borges.
Tengo muchos baches en mi camino lector. Agujeros que iré rellenando con el tiempo, claro. Pero en los que a veces caigo porque ahí están, se sienten como cuando vamos en el auto y uno de ellos nos agarra sin disminuir la marcha. La lectura de Borges no es de los baches más profundos porque me he forzado a leerlo. Y digo forzado porque siento que una fuerza opuesta retiene mi brazo y gira mi cabeza para que mire hacia otro lado de mi biblioteca. Cuando logro leerlo es con esfuerzo.
Franco me hizo recordar esto y estuve pensando.
Hace unos meses conversamos con Laura Escudero sobre la interpretación de Piglia y sus clases, esas que transmitió la TV pública. Incluso vimos juntas una de ellas. Aún no vi las demás. Me gustó y me tentó lo que Piglia mostraba, ese modo -nuevo para mí- de aproximarse a Borges.
En el colectivo que tomé a la salida del CEPA comencé a preguntarme qué era lo que sentía y me vino la voz de mi madre:
"fue de las cosas que me robaron que no pude volver a comprar. Eso y la flauta".
Seguí el hilo de esa voz y recordé que cuando en la secundaria me pidieron que leyera un cuento de Borges por primera vez, en primer año y para hacer un trabajo de plástica, mi madre me contó que ella tenía las obras completas en una buena encuadernación, pero que era de las cosas que los milicos nos robaron al secuestrarnos. Recuerdo que mamá me dijo "lo peor es que dudo que vayan a leerlo. Van a estar de adorno en una biblioteca porque tener libros de Borges queda bien".
Leí Ficciones, leí El libro de arena, leí cuentos sueltos, leí algo de lo que escribió con Bioy Casares. Hice todos los trabajos sobre su obra que me pidieron en la secundaria. Siempre recibí buenas notas por ellos. Laberintos, espejos, bibliotecas infinitas, preguntas, preguntas. Supe cómo contestar desde lo académico. Nunca me permití sentir la menor admiración. Si esas obras quedaban bien en las bibliotecas de los asesinos y los torturadores de mis padres, mmmm... ¡qué difícil tenerlas en mi biblioteca!
Sin embargo, con los años, fui comprándome sus libros de a uno. No los tengo todos. No los tengo leídos. Aún no puedo dejarme atravesar por sus historias del modo en que sí me dejé traspasar por Cortázar, por Arlt y por Puig, pero va resurgiendo una curiosidad lectora que en su momento se vio deshecha, tal fue la fuerza de ese relato de mi madre. Movida por esa curiosidad es que escribo esto, intentando retroceder en mi camino hasta ese momento en que sostenía un cuento fotocopiado en la cocina y vi que ese robo literario también había provocado una herida en mi madre. Otra más. De una profundidad y una dimensión diferentes a las otras. Así como mi mamá jamás volvió a tocar una flauta traversera ni yo puedo comer en calma un plato de canelones, los milicos también nos robaron el placer de leer a Borges. Casi 36 años después de ese robo, a 28 de mi primer contacto escolar con él, estoy recuperando las ganas de leerlo. No sé como se sentirá la zambullida en ese mar. Por las dudas iré entrando de a poquito. Tal vez comience viendo el resto de las clases de Piglia o releyendo Funes, el memorioso.



31.8.13

Feliz cumple a la Maestra







El año pasado escribí un extenso recordatorio para la tan querida Susana Cazenave. Iba a publicarse en Imaginaria pero no pudo ser. Por eso hoy, que se cumplen 72 años de su nacimiento, con algunas compañeras decidimos subirlo a este blog y que, desde aquí, pique y repique hacia todos los rincones para que Susi siga latiendo entre nosotrxs. 



Hace pocos meses falleció Susana Cazenave de Rodriguez. Maestra y Tallerista de exquisita sensibilidad y modestia, siempre hizo saber a quienes participaron de sus talleres y clases que lo importante era concentrarse en el trabajo íntimo sobre el lenguaje a la hora de construir un texto literario. Del corazón de algunas alumnas de su taller privado, el TALIJ, surgió la idea de escribir sobre su vida y su obra. He aquí un pequeño homenaje de quienes recibimos la sabiduría de Susana en algún momento de nuestra formación; un pequeño homenaje escrito, para que conozcan un poco más sobre su vida y su gran labor como investigadora, capacitadora y mediadora de LIJ.

Susana Cazenave nació en la ciudad de Buenos Aires el 31 de agosto de 1941. Al poco tiempo su familia se instaló en Matheu, una localidad de la provincia de Buenos Aires. Allí, sus padres se dedicaron al comercio (primero abrieron un almacén y luego, una heladería artesanal). Un tiempo después la enviaron a una escuela de la Capital, donde estudió como pupila: cursó los estudios primarios y secundarios en el Colegio María Auxiliadora, en Almagro, barrio de la Ciudad de Buenos Aires. Era una niña reservada y estudiosa, marcada profundamente por la ausencia de su hermano cuatro años mayor, fallecido antes de que ella naciera. La muerte temprana del primer hijo era insoportable para su madre, quien seguía hablando en presente con su niño. Este hecho trágico, previo a su existencia hizo que, desde muy pequeña, Susana fuera consciente del poder de la palabra de un modo único: el que da el no poder hablar a quien uno desea. El que da el pensar una y mil veces las palabras que nunca podrán ser dichas a una madre que no puede escuchar.
Sus padres la visitaban con poca frecuencia y esa soledad también se le marcó en la piel. La relación más difícil que Susana vivió fue la que mantuvo con su madre Cecilia, a quien cuidó toda la vida. El familiar que le dio más alegrías fue el hermano de su padre, el tío Pancho. Ella lo adoraba como a un padre. Susana recordaba que, cada vez que llegaba a la escuela para verla, lo hacía cargado de comidas riquísimas.
Desde el silencio fue formando su gusto poético por el lenguaje, que la hizo dueña de poesías singulares en las cuales quienes la conocimos podemos escucharla latir.
No solía mostrar sus creaciones, que trabajaba en el taller de Nicolás Bratosevich, pero en una de las publicaciones que hizo con sus alumnas, Periplos 1, en el año 1998, publicó:
¿Vos sabés?
A María Elena Walsh
¿Para quienes cantan
las ramas del pino
y las rosas blancas?
¿Por qué pinta y rueda
esta espuma ocre
grabando rayuelas?
¿Para qué recorren
tantos astronautas
el espacio noche?
¿A dónde se ocultan
las viejas campanas
que escucho en la Puna?
¿Cómo? / ¿Cuándo? / ¿Dónde?
¿Por qué? / ¿Para qué?
Preguntan los hombres.

La poesía era una escritura privada que no le interesaba dar a conocer, como muchos otros costados de su vida. La intimidad, el espacio privado donde toda creación toma cuerpo, era sumamente importante para ella y así lo transmitía.
Sobre el modo de trabajo de Susana opinó María Teresa Andruetto en ocasión de la petición del Premio Pregonero:
Es el suyo un desempeño indispensable para todos nosotros, para el campo de la cultura que nos implica, y al mismo tiempo se trata de una tarea tan generosa como silenciosa, sostenida por potentes convicciones literarias y personales”.
 
De la mano del tío Pancho Susana conoció al amor de su vida, Jorge Rodríguez, cuando era una adolescente. Pancho, Jorge y su padre, trabajaban en la Asociación Cristiana de Jóvenes que estaba en Matheu y eran clientes asiduos de la heladería artesanal de los padres de Susana. Allí se conocieron, Jorge era seis años mayor y no le debe haber sido fácil progresar en el noviazgo pues la madre de Susana era muy difícil de conquistar. Pero Jorge perseveró y con él se casó Susana un 26 de enero. Junto a Jorge afrontó los problemas de salud que aparecieron más temprano que tarde en su vida. No pudieron tener hijos y eso, lejos de distanciarlos, los unió para siempre de un modo sólido y complementario.
La literatura era un refugio solitario que Jorge comprendía. A pesar de que nunca fue un gran lector, entendía profundamente el amor de su esposa hacia los libros y hacia la docencia y siempre la acompañó en sus decisiones profesionales. Del mismo modo, Susana solía reírse amorosamente de la pasión de su esposo por el Club Vélez Sarfield y tolerar pacientemente la transmisión de cada partido de fútbol que el equipo disputaba.
A los 18 años Susana se recibió de maestra y pronto encontró trabajo dando clases en la escuela donde estudió. Al tiempo comenzó a estudiar el profesorado de Lengua y Literatura en el Instituto Superior “Joaquín V González”. En su tarea docente se le iba la vida; era una maestra comprometida y alegre a la vez que exigente y puntillosa en la transmisión de los conocimientos. Solía trenzar lazos de amistad con sus alumnas y algunas de ellas se convirtieron en amigas cercanas e íntimas, relaciones que Susana cuidaba y hacía crecer.
Pero su curiosidad por el lenguaje y las palabras no se agotaban allí y comenzó a investigar, de la mano de su mentor y maestro, el profesor Nicolás Bratosevich, los claroscuros de la producción creativa. Fruto de esas investigaciones es el libro Composición: metodos para su enseñanza, que coescribió con Bratosevich y publicaron en 1971, en la Editorial Guadalupe.
También por esos años comenzó a dar clases de Lengua y Literatura en el profesorado donde se graduó, el Joaquín V González. Dora Mendiondo, directora de la escuela América del Sur, recuerda:
En el año 1974, Susana entró en contacto con mi madre a través de mi hermana, de la que había sido profesora de Lengua y Literatura en el profesorado docente.
En esos años mi madre inició el proyecto de fundar una escuela.
Fue Susana la persona fundamental en el proceso de imaginar esa escuela. Lo que se pensó como un ideal de costosa aplicación en aquella época perdura aún hoy, con las transformaciones propias de los tiempos.
Desde 1974 hasta hoy (hasta el año pasado Susy concurría a la escuela semanalmente), la impronta de ella nos ha guiado no sólo en lo referido al área de lengua, su especialidad, sino en la mirada total del desarrollo de la creatividad y el imaginario infantil.”
Entre 1978 y 1983, en plena dictadura, fue propulsora de un proyecto muy original: el armado de Guías de Lengua para primaria y secundaria dentro del marco de las actividades del Centro de Investigación y Acción Educativa (CINAE) y de la Fundación de educación abierta y educación a distancia Hernandarias. Hasta el momento no existía material impreso para que los alumnos trabajaran en Lengua. Se armaron con un altísimo nivel de creatividad, tanto en la construcción de la propuesta general como en las actividades a desarrollar por los alumnos. Una gran innovación fue que al comienzo de cada consigna un pequeño símbolo indicaba si eran actividades para desarrollar en soledad, en parejas o en grupos. Estas guías fueron editadas por la editorial Docencia y todavía hoy se siguen consultando.
Por esos mismos años, en el ámbito de “El taller”, un espacio de talleres literarios fundado por Bratosevich, Susana dirigió talleres para adolescentes y talleres para adultos interesados en la LIJ. María Cristina Ramos concurrió a esos talleres y desde entonces siguió en contacto con Susana:
Conocí a Susana Cazenave en el ámbito de los talleres del Profesor Nicolás Bratosevich, por los años '80. Una experiencia de taller que fue fundante para mi escritura y para mi concepción del trabajo con pequeños grupos. Susana abrió espacios para mirar, analizar y promover la creación literaria en los libros de Literatura Infantil y juvenil.
Desde su análisis crítico ha gestado numerosos espacios para los otros, páginas que hay que leer, reflexiones que hay que volver a escuchar.”
Fueron años de mucho trabajo pues también colaboró fuertemente con la Universidad del Comahue y con el profesorado de la Goethe.
En 1985 publicó, en coautoría con Nicolás Bratosevich, su segundo libro en editorial Guadalupe: Expresión oral y escrita: métodos para primaria y secundaria.
Cuando en 1988 se creó la Maestría en Ciencias del Lenguaje (hoy diplomatura) en el Joaquín V. González, su directora, Elvira Arnoux, convocó a Susana para que dirigiera la materia Taller de Animación Sociocultural (cuatrimestre de Coordinación de Talleres Infantiles). Una de sus estudiantes fue Susana Aime:
[Susana] no escatimó esa experiencia, pensemos que en una maestría la población es heterogénea y todos los maestrandos éramos profesores, licenciadxs, maestrxs, es decir, profesionales con experiencia… Susana tuvo en cuenta a cada uno, buscó para cada uno lo que la necesidad le pedía, escuchó, estudió para acercarse a nosotrxs, nos trajo toooooda su biblioteca en pequeñas entregas (allí yo conocí a Ursula Le Guin y jamás la abandoné) y vimos y nos llevamos a casa libros maravillosos. Nos alentó a la escritura. Con ella diseñamos un taller y lo coordinamos y nos fuimos del Taller no solamente con ideas, sino con planificaciones exhaustivas para innovar en nuestros lugares de trabajo.”
También allí la conoció, varios años más tarde, Alicia Origgi:
Yo había cursado los 2 Seminarios de Literatura infantil con Lidia Blanco y Graciela Guariglia en la Facultad de Filosofía y Letras, de donde soy egresada, y quería profundizar en el conocimiento de la Lij. Entonces averigüé el nombre de una buena especialista y así conocí a Susana Cazenave de Rodríguez. Fue mi Profesora en el Instituto del Profesorado Joaquín V. González. Fue en 1994 cuando cursé y aprobé "Coordinación de Talleres de Literatura Infantil", materia anual de la Maestría en Ciencias del Lenguaje que se dictaba en el Joaquín V. González. Tenía teóricos y prácticos. Era una profesora sumamente detallista y exigente, que tenía gran admiración por su Maestro Nicolás Bratosevich. En ese año falleció mi padre y Susana fue muy amorosa conmigo.”
Leer le generaba una alegría profunda y cuando hallaba un libro, o varios, de autores que sentían la literatura con una profundidad equivalente a la de ella, se transformaba en una difusora incansable de sus obras.
Por pedido de sus alumnas abrió su taller privado, el TALIJ, donde instaba a producir textos literarios tanto como a leerlos. Proponía realizar una lectura inquieta, buscar entre las líneas, leer sin quedarse en la superficie, zambullirse en la lectura para aprender a nadar y luego, escribir sin pensar en otra cosa más que en ese nado profundo.
Disfrutaba de dar a leer tanto como de las lecturas compartidas y de dejar que el tiempo hiciera lo suyo en los lectores. Encontraba el modo de construir un puente secreto hacia el corazón de cada uno de sus estudiantes.
Ángeles Durini, quien concurrió 10 años al TALIJ, lo dijo muy bien:
Susana posee una enorme inteligencia y espíritu lúdico, que la convierten en una gran creativa. Es mucho lo que se puede decir sobre la profundidad, inteligencia, agudeza crítica y seriedad con la que siempre aborda su trabajo, como así también, sobre su enorme sensibilidad para transmitir. Su mirada crítica sobre los textos es una guía para el pensamiento de los que tenemos la suerte de tenerla como maestra. O sea, hace ejercitar el pensamiento profundo en quien la escucha o interactúa con ella. Hace jugar, hace crear con la palabra. Graciela Montes no dudaba en recomendar sus talleres.
En 1998, con un grupo de alumnas del taller, compuesto por Irene Pérez Bourbon, Mora Bortot, Claudia Sueiro, Magdalena Gutiérrez y Ángeles Durini, creó Periplos, publicación artesanal de literatura para chicos. Lograron publicar cuatro números y entre las seis integrantes escribieron la novela corta El enigma de los rastros, que salió publicada en el número 3 y 4. En 2005 volvió a publicarse: es una de las tres nouvelles presentes en Patagonia, tres viajes al misterio, de editorial Amauta.
En los talleres que brindó a lo largo de su vida, la ambición estaba en formar lectores y autores que pudieran hallarse a sí mismos, mirarse en sus espejos y cruzarlos, como la Alicia de Lewis Caroll; surcar los mares propios y salir a flote, como el Stefano de María Teresa Andruetto; hacer equilibrio en cuerdas flojas, como la María de Lygia Bojunga y tantos otros personajes que presentaba a sus alumnos y a sus alumnas para confrontarlos con las bifurcaciones de los propios caminos lectores.
En 1992 publicó su tercer libro, esta vez en Edicial. Se llama Taller literario: metodología, dinámica grupal, bases teóricas, en coautoría con Nicolás Bratosevich y Alfredo Rosenbaum, y continúa siendo un material consultado y muy actual.
Susana tenía una mirada filosa y punzante, detectaba debilidades y fortalezas en la escritura de cada persona, sabía destilar el humor que debe acompañar toda relación entre un maestro y su discípulo para trenzar así una relación de confianza íntima y única.
Cuando analizaba un texto era muy precisa. En el año 1999 elaboró una ponencia para un Congreso de LIJ, organizado por CEDILIJ, donde analizó los rasgos líricos en la narrativa de dos escritoras que disfrutaba muchísimo: María Cristina Ramos y María Teresa Andruetto. Finaliza su ponencia de la siguiente manera:
Concluyendo: los textos comentados pretenden un desafío para los lectores más jóvenes en los tiempos que corren. Y digo 'corren' en todos los sentidos, dado que la propuesta es aquietar la carrera, demorar la marcha, para concederle tiempo al asombro. (“...digo asombro donde otros dicen simplemente costumbre” leemos en un poema de Borges). Y si es verdadera una queja que oí: “algunos chicos de hoy perdieron el asombro y prefieren cuentos con una acción lineal, rápida”; entonces respondo: en esos casos, los adultos que estamos cerca de ellos tenemos la oportunidad de recurrir a la sugerencia de Ana María Machado sobre la posibilidad de propiciar una lectura compartida.”
Han pasado muchos años desde entonces y su conclusión sigue vigente pues en su análisis llegó a una médula que no se desactualiza, que han llevado a la práctica organizaciones como las Abuelas Cuentacuentos de la Fundación MempoGiardinelli, por ejemplo.
Cuando su ex-alumna Susana Aime llegó a la gerencia editorial de SM, pensó en Susana como jurado del tercer concurso de literatura infantil El Barco de Vapor Argentina. Así, en 2004, fue parte del jurado (junto a Elisa Boland y Nora Lía Sormani) que eligió ganadora la novela Octubre, un crimen, de Norma Huidobro.
En esos años, Susana también se encontraba investigando, junto a su colega y amiga Iris Fridmann, cómo aparecían la guerra y las dictaduras en la LIJ mundial. Concluyen La utopía de soñar la paz. Guerra y dictadura en la literatura para niños y jóvenes del siguiente modo:
Los talleres de lectura y también los de escritura además de su función fundamental -desarrollar el imaginario y conocer mundos diversos-, son un espacio propicio para reflexionar sobre los valores éticos de la vida.
(…) Nuestro trabajo, seguramente continuará en la búsqueda de abordar los temas tabúes de la LIJ, para que los chicos identifiquen sus propios conflictos y temores a través de las vivencias que presenten los personajes.”
Esa conclusión deja claro que le interesaba profundizar en cómo los diferentes temas de la realidad social de cada país iban encontrando terreno en la LIJ.
Ella consideraba que no era posible dejar de lado la ideología a la hora de escribir, que se notaba cuando un autor intentaba borrar sus propias huellas, que en la literatura era importante que esas marcas de identidad de quienes escribimos fueran visibles, fueran parte del estilo narrativo. Hablamos horas y horas sobre este tema cuando mi novela El mar y la serpiente aún no hallaba su lugar editorial. Muchas veces quise desistir de publicarla y fue Susana quien encontró qué decirme para que superara el desánimo. Ella también me convenció de mostrarle a Antonio Santa Ana La cuarta pata, novela que comencé a escribir en su taller. Luego de que tomamos juntas la decisión de que mi paso por el TALIJ ya había finalizado, continuamos visitándonos y hablando periódicamente por teléfono. Seguía con atención el crecimiento de mis hijos y de mis libros, siempre preocupada porque un día decidiera volver a la bioquímica.
Cuando mi novela Una casa de secretos ganó el premio Barco de Vapor en 2011 Susana me dijo:
Ahora, Paula: no es fácil escribir después de un premio como ese. Vos no te apures. Va a llevarte un tiempo hallar una nueva historia y poder escribirla. Te lo digo ahora que pasó poquito tiempo. Pero vos viste que la literatura tenés que dejarla crecer adentro. Y un día te va a sorprender. Como viene haciéndolo. Vos esperá.”

Con mucho amor, desde el corazón de mi casa,
para recordar y mantener vibrante la palabra de Susana.
Noviembre, 2012
Paula Bombara

26.8.13

A propósito de Quien soy

La primera vez que viajé al Foro de la Fundación Mempo Giardinelli, en la tertulia de lecturas, tenía que presentarme. Momentos antes, Hernán Brienza había estado hablando de ciertas frases dichas por personas clave de nuestra historia y cómo esas frases se mezclaron luego en nuestros días. Yo recordé a Estela de Carlotto y una campaña que hicieron en Abuelas donde los nietos recuperados decían "Mi nombre es... y puedo decirlo porque sé quien soy". Así que decidí presentarme de ese modo, comenté que apelaría a una frase que seguramente encontraría su lugar en nuestra historia y dije, muy segura "Mi nombre es Paula Bombara y puedo decirlo porque sé quien soy". A la noche se me acercó el gran Eric Nepomuceno y me dijo que él quería conocer a esa mujer que arrogantemente había dicho que sabía quien era. Yo me reí, le conté mi historia y el origen de la frase. En ese entonces ni soñaba con que el libro que apenas comenzaba a esbozarse en Calibroscopio se llamaría Quien soy. Pero la vida da vueltas y vueltas si sabemos encontrar los giros.
Hace poco tiempo llegó a mis manos una entrevista que el mismo Eric Nepomuceno le hizo a Clarice Lispector, una escritora que admiro cada día más. Claro, ella trabaja mucho con esto de saber quienes somos y cuándo y cómo y por qué somos y se pregunta mucho acerca de si llegamos a ser completamente nosotros alguna vez.
Encontré esta cuestión en su primera novela y también en la última, publicada luego de su muerte. En esa novela póstuma, Un soplo de vida, leí una frase que me conmocionó. Dice "Algo sé: no soy mi nombre. Mi nombre pertenece a los que me llaman". Sigo en conmoción, la sentí un cachetazo pues de tan cierta duele. Es verdad, tenemos que apropiarnos de nuestro nombre, de uno que ni siquiera elegimos. Como suele suceder con las cosas fundamentales de la infancia, nos lo pusieron los adultos y nos podemos pasar el resto de la vida buscándonos entre tanto a lo que accedimos por obligación. Pero creo que esta frase no se ajusta a quienes recuperan su identidad y pueden elegir cómo llamarse a sí mismos.
Yo, que escuché de boca del secuestrador que se llevó a mi madre la frase "mirá que a una gringuita linda como tu hija la quiere cualquier familia", me peleé con mi nombre muchas veces a lo largo de la vida. Con mi nombre y con mi apellido, que sonaba tan de mi papá y tan poco mío. Cuando nació mi hermana me lo quise cambiar por el de ella, luego me di cuenta de que tampoco ese sería el mío. Volví a paladear el Paula y el Bombara cuando lo dijo muchas veces el chico del que me enamoré en la secundaria, lo acepté sin rencores en la facultad, lo quise y me sentí orgullosa cuando lo leí en la portada de El mar y la serpiente y terminé de hacerlo mío hace muy poco, cuando recuperé los restos de mi padre.
Sigo preguntándome si Paula Bombara es un nombre que me representa pero pensar tanto en Quien soy está haciendo un buen efecto pues me está llevando a conocerme de un modo nuevo. Quizás lo elija como nombre, después de tanto.
Gracias al proyecto de Calibroscopio, que coincidió en el tiempo con el hallazgo de los restos de mi padre y también con la condena a sus asesinos en Bahía Blanca, se habilitó la pregunta y la búsqueda. La literatura tiene, como la matemática, funciones integrales y funciones derivadas.
Creo que cuando Eric vuelva a encontrarme en 10 días en Resistencia le contaré todo esto y le llevaré un Quien soy de regalo.


16.5.13

¡Una casa de secretos destacada junto a La noche del polizón!



Con Andrea Ferrari nos fuimos acercando de a poco, como esas plantas que van buscando el sol y confluyen bajo los mismos rayos en un patio de los que hay aún en esta Buenos Aires que nos cobija a ambas. En cada reunión, más palabras compartidas, cada vez más. Hasta que hace un par de meses nos despachamos y compartimos mucho en un viaje inolvidable a Bogotá.
Habíamos intercambiado mails cuando salió premiada Una casa de secretos y también cuando salió La noche del polizón. A Andrea le gusta mi escritura y a mí, la suya.
En un café, no hace tanto, encontramos similitudes y también discrepancias sobre el modo de abordar las historias que nos conmueven. Fue una conversación tan enriquecedora que decidimos no dejar pasar demasiado tiempo sin repetir los encuentros. Estos son otros regalos que da la literatura: acercarse a personas así de valiosas, construir amistades.
La mañana que me enteré que Una casa había recibido una mención y que la ganadora había sido La noche, mi alegría fue doble. Por mi premio y porque la ganadora fue La noche del polizón, de Andrea Ferrari, una novela fuerte, contundente, bellísima.

Algo parecido me pasó el año pasado, cuando ganó El rastro de la serpiente de Laura Escudero y me enteré que mi Solo tres segundos había entrado en la mesa de discusiones.
Es que, con ganadoras así, no hay posibilidad de sentirme fuera de la alegría. Porque la que gana es la literatura comprometida y de eso, soy parte.

Habíamos pensado en subir juntas al escenario. Luego nos dimos cuenta de que eso no podía ser posible y estuvo muy bien, porque Andrea merecía ese aplauso cerrado que brindamos a su trabajo. Yo estaba tan emocionada por lo que estaba sucediendo que olvidé decir el orgullo que me dio compartir premio con ella. Lo dejo escrito aquí, ahora.

Gracias Nora Lía Sormani, Silvia Motta, Cris Ramos, Daniel Roldán y Elena Stapich por la justificación que escribieron para dar lugar a la mención. Gracias por valorar las investigaciones, por reconocer el trabajo en lo estructural y en lo emocional que puse en esta novela. Mientras escuchaba lo que Cecilia Repetti leía sentía dentro de mí que un globo de emoción se iba inflando, inflando, inflando.
 ¿Cómo no seguir por el camino elegido luego de reconocimientos tan hondos?